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El motor de la ambición, ¿cualidad o defecto?

Estrella Flores-Carretero - 11:06 - 6/01/2020
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    Foto: Especial

    Muchas veces decimos que alguien es ambicioso como si fuera una crítica. Aunque también está mal vista la falta de ambiciones. Parece que solo los mediocres, los que no destacan ni en un sentido ni en otro, están bien considerados. Sin embargo, cuando hablamos de empresas, la ambición resulta indispensable: es su verdadero motor.

    El diccionario define la ambición como un deseo ardiente de conseguir algo. Se puede anhelar vehementemente ser el mejor profesor, el mejor arquitecto, el mejor líder… y trabajar por ello cada día. El deseo de superación no solo es legítimo, sino, en mi opinión, necesario.

    La ambición empresarial es también el impulso para superar desafíos y diseñar estrategias que permitan alcanzar los objetivos propuestos. Es la capacidad para no conformarse y seguir avanzando. Quienes no son ambiciosos se limitan a imaginar lo que podrían hacer, mientras que los ambiciosos consiguen hacerlo.

    Para incorporar la ambición en la cultura empresarial se necesita:

    Sentido de la oportunidad. Las grandes corporaciones parten de una idea brillante, aunque no necesariamente original; por ejemplo, existen muchas industrias que fabrican ropa, pero solo algunas como Zara ha sabido crear un imperio. Las empresas deben permanecer en estado de alerta para detectar cuál puede ser su oportunidad de negocio y la mejor vía para desarrollarlo, detectar nuevos retos y ambicionar logros.

    Realismo. Establecer ambiciones imposibles es propio de lunáticos. Hay que tener sueños grandes, pero alcanzables. Las metas pueden ser muchas y adaptarse a las circunstancias y a los tiempos. Es preciso establecer objetivos a corto, medio y largo plazo, que nos digan dónde estamos y adónde queremos llegar. Pero siempre tener claro a dónde nos dirigimos.

    Capacidad de esfuerzo. «Si quieres, puedes» es una frase engañosa. Es importante desear algo para que se cumpla, pero el éxito no viene de la mano de una varita mágica. Hay que trabajar para conseguirlo. Las corporaciones ambiciosas saben que detrás de un logro está la dedicación, y cuando obtienen un buen resultado, no se detienen: van a por el siguiente porque saben que su competencia no descansa.

    Tolerancia al fracaso. La ambición está reñida con el miedo. Exige tomar decisiones valientes que, a veces, resultan equivocadas, pero siempre sirven para aprender. La ambición induce a levantarse de nuevo, a no generar pensamientos negativos y, por supuesto, a aprender de los errores.

    Resistencia. Una empresa ambiciosa no espera a que las circunstancias adversas cambien por sí mismas. Si no ha podido detectar a tiempo las dificultades, no se rinde. Persevera. Estudia cómo rectificar el rumbo, pero jamás apaga el motor. Su misión no cambia, pero sí la forma de abordarla.

    Si querer mejorar cada día, sentir deseos de crecer, establecer nuevas metas y luchar por alcanzarlas es ser ambicioso, entonces, ¡seamos ambiciosos!


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