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Una serie de errores catastróficos: cómo llegó Reino Unido a la actual crisis del Brexit

Víctor Ventura - 11:26 - 11/12/2018
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  • Los euroescépticos han sido una fuerza clave entre los conservadores

  • Cameron convocó el referéndum para intentar silenciarlos... y falló

  • Las elecciones anticipadas de May dejaron un Parlamento ingobernable

Los primeros ministros John Major, David Cameron y Theresa May. Foto: Reuters.

Dos años y medio después del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE, el Gobierno británico se encuentra en una posición de crisis absoluta: incapaz de sacar adelante su acuerdo con la UE en el Parlamento -más de 400 de los 650 diputados han indicado su oposición-, bajo la amenaza de una moción de censura y con el riesgo de una catástrofe sin precedentes si no hay un acuerdo firmado antes del próximo 29 de marzo. Todo lo que podía salir mal ha salido mal.

Pero, ¿de quién es la culpa de la crisis del Gobierno de Theresa May? De todos y de nadie. De hecho, hay que remontarse a 1992 para entender una serie de errores catastróficos que han llevado a Reino Unido a esta situación.

Thatcher y los rebeldes

Fue en 1992 cuando Reino Unido tuvo que ratificar el Tratado de Maastricht por el que se creó la Unión Europea, como evolución de la antigua Comunidad Económica Europea. Margaret Thatcher, que había sido depuesta como primera ministra apenas dos años antes, anunció su oposición al acuerdo y lideró a una serie de jóvenes diputados 'tories' que preferían a la legendaria 'Dama de Hierro' frente a su sustituto, John Major. El entonces 'premier' perdió una serie de votos clave, y apenas logró ratificar el tratado tras varias derrotas y por un escasísimo margen. Su Gobierno nunca se recuperó de aquellas divisiones y acabó en una derrota electoral histórica.

Esos jóvenes rebeldes -entre ellos el actual ministro de Comercio de May, Liam Fox- crecieron en la oposición a las aplastantes mayorías absolutas de Tony Blair. Mientras el bando mayoritario del partido culpaba a los euroescépticos de haber hundido el Gobierno de Major y haberle abierto las puertas a los laboristas, los 'rebeldes de Maastricht' se convencían de que el problema era haber aceptado el tratado de la UE.

Cuando David Cameron se presentó a líder de la oposición tras una derrota 'tory' más, en 2005, los euroescépticos eran todavía una fuerza pequeña pero muy poderosa por su capacidad de movilizar a sus miembros para actuar al unísono. Para conseguir su apoyo, Cameron les ofreció salir del Partido Popular Europeo en Bruselas y unirse a una de las formaciones euroescépticas de derecha en el Parlamento Europeo. A cambio, Cameron obtuvo los votos necesarios para convertirse en nuevo líder del Partido Conservador. Y los euroescépticos tomaron nota de su importancia.

David Cameron estaba convencido de que nunca tendría que convocar el referéndum sobre el Brexit

Y, llegado el momento, se la cobraron. En 2013, con Cameron al frente de un Gobierno de coalición con el (muy europeísta) Partido Liberal-Demócrata, los euroescépticos temían perder el voto anti-europeo a manos del UKIP, el partido abiertamente eurófobo del populista Nigel Farage, que llevaba una década pidiendo la salida del Reino Unido de la UE. De nuevo, volvieron a amenazar con derribar al Gobierno si no se cumplían sus condiciones.

Para calmar a los 70 rebeldes -entre ellos el actual ministro de Hacienda, Phillip Hammond, o el de Agricultura, Michael Gove-, Cameron les ofreció celebrar un referéndum de permanencia si ganaba las siguientes elecciones por mayoría absoluta. El entonces primer ministro estaba convencido de que no lo haría, que tendría que repetir la coalición y de que sus socios le obligarían a abandonar esta promesa. Eso, si no ganaban los laboristas, como pronosticaban algunas encuestas. Pero, contra todo pronóstico, Cameron obtuvo esa mayoría absoluta. El referéndum era una realidad.

Y quizá el referéndum se habría ganado si Cameron hubiera formulado la pregunta en un formato "Sí/no" a permanecer, que suele dar votos extra a la opción positiva. O si no hubiera respetado las normas de neutralidad gubernamental que normalmente solo se aplican a las elecciones generales. O si hubiera obligado a todo su Gobierno a apoyar la permanencia, en vez de dejar que importantes ministros lideraran la opción de salida. Pero quería actuar de la forma más neutra posible para acabar con las divisiones en su partido. Y el tiro le salió por la culata.

Con la victoria del Brexit y la dimisión de Cameron, May llegó al poder para implementar el resultado ante la incomparecencia de los 'brexiteros', que se fueron eliminando entre sí en una caótica campaña de primarias para sustituir al líder saliente llena de traiciones. Solo quedaba una candidata seria, pero tenía que granjearse la aceptación del bando vencedor.

Dado que, en el referéndum, May había apoyado la permanencia, la única forma de demostrar su transformación hacia el Brexit fue prometer la activación del mecanismo de salida por el Artículo 50 del tratado de la Unión lo antes posible. Ese mecanismo da dos años para negociar una salida ordenada o, de lo contrario, condena al país que solicita su salida a sufrir un caos económico extraordinario.

Todas las cartas, en resumen, las tenía la UE desde el momento en que tomó esta decisión, entre los aplausos de los asistentes al congreso de los 'tories'. Este mes, precisamente, numerosos diputados y medios que habían celebrado la activación del Artículo 50 como certeza de que el Brexit se pondría en marcha están criticando a May por haberlo activado, sin darse cuenta de lo que supondría. Pero en aquel entonces el Parlamento votó casi unánimemente por activarlo y cumplir el mandato del referéndum, sin que el Gobierno -ni los laboristas- entendieran lo que estaban haciendo.

Una negociación sin objetivos

Al quedar a merced de las fechas establecidas por la Unión, los Veintisiete pudieron empezar a poner sus condiciones. Y una era garantizar que la frontera de Irlanda no se cerraría bajo ningún escenario, como línea roja irrenunciable para seguir negociando. May cedió, sin que -según explicaron después- sus propios ministros entendieran que ello supondría dividir el país, atando a Irlanda del Norte a la UE de forma permanente, o impedir un Brexit duro en el resto del país.

Mientras tanto, ni May ni sus ministros reconocieron públicamente los problemas y las dificultades del Brexit: en todos sus discursos en los que anunciabam sus objetivos y líneas rojas nunca llegaron a explicar los riesgos de una salida desordenada ni los efectos del problema de la frontera con Irlanda.

Durante el referéndum, el tema de la división de Irlanda apenas apareció como un tema de debate. Solo un político a nivel nacional -May, precisamente- habló de él como motivo para votar contra el Brexit. Una vez iniciadas las negociaciones, la primera ministra pasó meses afirmando que existían alternativas tecnológicas -control remoto de entrada y salida de productos y declaración y pago de aranceles mediante cámaras y códigos QR- que no requerirían del "mecanismo de emergencia" que mantendría atado a Irlanda del Norte a la UE. Bruselas los rechazó de plano.

Por otro lado, el ala euroescéptica de su partido, envalentonada por la victoria en el referéndum, afirmó desde el principio que salir sin acuerdo no supondría ningún problema ni riesgo alguno, y que solo tendría "una considerable ventaja", según el que pronto sería nombrado ministro del Brexit, David Davis. Con esa ventaja, el nuevo acuerdo comercial que negociarían con la UE sería "el más fácil de alcanzar de la Historia de la humanidad", y para marzo de 2019, Reino Unido habría completado "un mercado internacional notablemente superior a la UE", según Liam Fox. Todo ello era legalmente imposible, pero nadie les preguntó por los problemas. Es más: les recompensaron con cargos.

Cuando llegó la hora de tomar decisiones duras, los 'brexiteros' optaron por abandonar el Gobierno

Precisamente, May dio las carteras encargadas de negociar la salida a sus principales figuras (Boris Johnson en Exteriores, Davis y Dominic Raab en Brexit, Fox en Comercio) con la esperanza de que vieran los problemas reales que supondría una salida sin acuerdo, y las dificultades de negociar uno. Pero cuando llegó la hora de tomar decisiones duras, los 'brexiteros' optaron por abandonar el Gobierno y atacar a la primera ministra por no conseguir el Brexit duro que ellos querían, en vez de reconocer que tal cosa no existía. Mejor mantener el sueño vivo y culpar a alguien de su fracaso que reconocer que sus fantasías siempre habían sido irrealizables.

A ello hay que añadir las expectativas erróneas de May sobre cómo funcionaría la negociación. Reino Unido ya tenía grandes excepciones a las normas europeas: no tiene el euro, no está en el Espacio Schengen y contribuye menos al presupuesto europeo, entre otros beneficios negociados por Thatcher y Major durante los años 80 y 90. De hecho, como ministra de Interior de Cameron, May había conseguido adoptar solo parte de las leyes y estructuras de coordinación de seguridad europea.

Así, May tomó la posición de pedir seguir en parte de las estructuras del mercado común y, a la vez, poder cerrar las fronteras y hacer acuerdos con otros países, estrategia que describió como "tener un pastel y comérnoslo a la vez". Cuando la UE insistió en que el mercado común no era divisible, y que Reino Unido no podía estar solo en las partes de la UE que le gustaban, obligando a May a elegir claramente entre estar dentro o fuera, el ala 'brexitera' denunció esas condiciones como "un castigo" de Bruselas.

Además, uno de sus principales eslóganes en ese tiempo ha sido "ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo", minimizando los problemas que podrían derivar de una salida caótica de la UE. Cuando su plan ha cambiado -ahora este acuerdo es mejor que nada-, los diputados más intransigentes solo tienen que citar sus propias palabras para justificar un voto en contra y minimizar los riesgos que ahora sí resalta May.

Las peores elecciones

Pero quizá la puntilla fue el gigantesco error de haber convocado elecciones en mayo de 2017, con el mecanismo de salida ya activado. May, que había heredado de Cameron su ajustada mayoría absoluta, llamó a las urnas cuando las encuestas le daban una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas de Jeremy Corbyn, al que sus propios diputados querían cesar.

Las quinielas del Gobierno pronosticaban una mayoría absoluta aplastante de entre 70 y 100 diputados, o incluso más, lo que le habría dado un colchón para poder ignorar a los 'brexiteros' radicales y a los pro-UE entre sus filas, frente a un laborismo en descomposición. Pero una campaña horrible, que le ganó el mote de "Maybot" por su actitud fría y robótica y resucitó a un Corbyn mucho más telegénico y amable, le hizo perder una docena de diputados. Así, en minoría, May quedó a merced de la oposición y de los extremistas de su partido.

No solo eso, sino que el nuevo Parlamento quedó dividido en grupos irreconciliables con objetivos distintos: unos apoyan el acuerdo de May, otros quieren un nuevo referéndum y otros quieren una salida dura; y cada bando está dividido entre los que quieren provocar nuevas elecciones anticipadas que den una victoria a Corbyn, los que quieren un nuevo primer ministro 'tory' y los que están a gusto con May.

El resultado de esta larga cadena de errores, presiones y decisiones evitables es que May está atrapada entre dividir su partido, llevar al país a su barranco o hundir su Gobierno. No hay nadie que pueda reemplazarla en su partido sin tener los mismos retos. Y no hay mayoría en el Parlamento ni para aprobar ninguna opción, ni para ir a elecciones. Alguien tendrá que ceder, pero las líneas sobre la arena llevan trazadas muchos años ya.


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