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Brasil se asoma al abismo mientras se desmorona el legado de Temer

Jaime Palacios - 6:09 - 1/06/2018 - Actualizado: 11:09 - 1/06/18
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  • El aumento de los precios del combustible ha dinamitado la paz social

  • Los sindicatos buscan impulsar las protestas de cara a la campaña electoral

  • Las protestas han desencadenado la dimisión del CEO de Petrobras

Un camionero durante una protesta contra la subida de los precios del combustible. Fotos: Reuters

Lo que empezó como una huelga de camioneros por el aumento de los precios del combustible ha acabado convirtiéndose en una revuelta generalizada que amenaza con colapsar la principal economía de América del Sur. La continua subida de los precios de los combustibles ha sido la mecha que ha hecho estallar la endeble paz social en la que hacía equilibrismo Brasil desde el 'impeachment' a Dilma Rousseff. Camioneros, activistas de extrema izquierda y derecha, trabajadores del sector petrolero y ciudadanos de a pie han salido a las calles hastiados ante el elevado desempleo y la promesa de una recuperación económica que nunca acaba de hacerse notar en su bolsillo. Todos coinciden en señalar con el dedo al principal culpable: el impopular gobierno de Michel Temer.

El presidente camina como un zombi en el Parlamento. Acosado por los casos de corrupción y con unos niveles de popularidad ínfimos, ya nadie quiere acercarse a él. Los parlamentarios brasileños, que en su día le apoyaron para poder echar a Rousseff y modernizar la economía del país, ahora están más ocupados lavando su imagen de cara a los comicios del próximo mes de octubre.

Fue le propio Temer en el año 2016 el que sembró sin quererlo la semilla que ha acabado engendrando una de las mayores crisis de la historia reciente de Brasil. El presidente permitió a Petrobras fijar el precio del combustible basándose en la oscilación del precio del barril de petroleo. La decisión de Temer permitía a la petrolera estatal entrar en la dinámica del libre mercado y eliminaba la orden del Gobierno de Rousseff de mantener los precios congelados, lo que hasta ese momento había garantizado mantener la gasolina barata a costa, eso sí, de provocar un enorme agujero en las arcas públicas y de disparar la deuda de Petrobras.

Con lo que el impopular presidente no contaba es con el incremento que han sufrido los precios del petróleo durante este último año y el fortalecimiento del dólar, que ha provocado que el real haya perdido un 13.5% de su valor en lo que va de año. El resultado ha sido una subida del 50% del precio del diésel en los últimos doce meses, lo que ha acabado con la paciencia de los camioneros.

La interrupción del transporte de mercancías ha paralizado a la nación. Brasil es un país que depende completamente del transporte de bienes por carretera: el 90% del petróleo y el 60% de las mercancías se mueve por todo el territorio nacional en camión.  El paro de los camioneros, por tanto, ha producido un desabastecimiento general que ha vuelto insostenible la situación. 

Los supermercados se han quedado sin alimentos, las gasolineras ya no pueden vender combustible y los aeropuertos se han visto obligados a suspender numerosos vuelos. Las pérdidas económicas son enormes, no solo en el sector petrolero. La Asociación Brasileña de Proteína Animal calcula que, desde que empezaron las movilizaciones, ya se han dejado por el camino 3,000 millones de reales, cerca de 800,000 dólares.

Los intentos de Temer por calmar las protestas han sido ineficaces. Primero ofreció bajar un 10% el precio del diésel durante 15 días como gesto de buena voluntad, algo que no convenció a los manifestantes y provocó, de paso, una caída del 14% de las acciones de Petrobras. Un día más tarde, el presidente aceptó pagar la diferencia entre el valor internacional del crudo y el precio en las calles de Brasil, pero su propuesta recibió como respuesta más bloqueos de carreteras y neumáticos en llamas. A la tercera, el mandatario fue más directo: amenazó con sacar el Ejército a las calles para despejar las autopistas.

Precampaña electoral a golpe de protestas

La amenaza del Gobierno, junto con la decisión de reducir el coste del litro de diésel en 12 centavos de euros durante 60 días parecía haber calmado los ánimos, pero la mecha ya se ha encendido y nada parece poder apagarla. Con el país a punto de cortocircuitar, tanto la izquierda como la derecha han visto la posibilidad de sacar rédito electoral a las protestas. El sindicato de la industria petrolera FUP, respaldado por el Partido de los Trabajadores del encarcelado expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, se aprovechó de la huelga de los camioneros para anunciar su propio paro laboral aunque más tarde tuvo que cancelar la convocatoria por las amenazas del Estado, que la había declarado ilegal. Los trabajadores, no obstante, se están preparando para un paro que será anunciado en los próximos días. Ciro Gomes, que espera reemplazar a Lula como el portaestandarte de la izquierda, ha impulsado las protestas en el sector como antesala a la campaña electoral.

Por otro lado, los simpatizantes del exmilitar ultraderechista Jair Bolsonaro, que marcha segundo en las encuestas tras Lula, han comenzado a demandar una intervención militar exhibiendo pancartas, publicando mensajes en WhatsApp u organizando protestas ante las puertas del Congreso. 

Mientras tanto, Petrobras continúa en caída libre. La petrolea se ha hundido un 18% en apenas 5 días y encadena un retroceso del 30% desde máximos del año.  Los datos han emborronado la recuperación de la empresa, que estaba logrando dejar atrás el caso 'Lava Jato', y ha desembocado en la dimisión de Pedro Parente, el presidente ejecutivo de la petrolera. La política de Temer respecto a Petrobras tampoco convence a los brasileños.

Según una encuesta publicada el jueves por el diario Folha de Sao Paulo, el 55% de los ciudadanos están contra la privatización de la petrolera y para un número aún mayor, el 74%, la empresa no debería ser vendida a grupos extranjeros bajo ninguna circunstancia, desacreditando una vez más las medias de Temer. Los cuatro meses que le quedan de legislatura serán un infierno para el impopular presidente brasileño, que teme perder en un abrir y cerrar de ojos todo su legado.


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