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El impeachment a Rousseff marca un punto de inflexión en la crisis brasileña

Víctor Ventura - 5:21 - 28/08/2016
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  • La tormenta perfecta de crisis social y económica pone al país ante una situación muy delicada.

Dilma Rousseff. Foto: Efe.

El tiempo se acaba para la presidenta brasileña, Dilma Rousseff. Después de que terminara la declaración de los testigos este sábado, la mandataria se sentará el lunes ante el pleno del Senado para defender su inoncencia durante toda su etapa en el poder. Pese a todo, la suerte parece estar ya echada, y el Gobierno de su sustituto, Michel Temer, espera una mayoría más que suficiente de votos a favor de la destitución de la presidenta. Si las previsiones se cumplen, Brasil tendrá que enfrentarse a la parte más difícil: la gestión del día después. De ello dependerá si el país sale reforzado o queda al borde del colapso.

El gigante latinoamericano lleva sumido en una grave crisis económica desde 2014. Las causas, sin embargo vienen de mucho más atrás, y se deben tanto a la situación internacional como a la política interna. Para empezar, Brasil es un país muy cerrado: sus exportaciones apenas suponen el 13% de su PIB, frente a una media mundial del 29%, un 21.4% de media regional o un 35% en países cercanos como México, según datos del Banco Mundial. No solo eso, sino que el 60% de esas exportaciones son materias primas y bienes no manufacturados, un sector que lleva años en caída libre por la ralentización de China y el hundimiento del petróleo. Mientras, las empresas locales están muy protegidas por aranceles, lo que daña su calidad y su competitividad.

Con el sector exterior infradesarrollado en tamaño y valor, el crecimiento recayó en el consumo interno. Y aquí las políticas de Lula da Silva permitieron avanzar en un terreno en el que se podía progresar rápidamente: la pobreza cayó de un 24.9% de la población en 2003 a un 7.4% en 2014. A ello contribuyeron programas públicos como Bolsa Família, que instituciones internacionales como la OIT alabaron de forma general. Sin embargo, una vez avanzado lo más básico -la pobreza extrema-, las mejoras se volvieron cada vez más difíciles.

Mientras tanto, el Estado aprovechó los años del "boom" para aumentar el gasto público a niveles europeos: un 40% del PIB, que incluye pensiones mínimas equivalentes al salario mínimo, que creció un 90% en términos reales en esa década. La edad de jubilación se sitúa en los 50 años para las mujeres y los 55 para los hombres, lo que supone una enorme losa sobre las finanzas públicas. Y los estímulos para recuperar la actividad han llevado al déficit público a un peligroso 10% del PIB y la deuda pública al 73%.

La crisis de las materias primas y la recesión que produjo dejó expuesta otra realidad preocupante: el mercado de trabajo es muy rígido, con un elevado coste de despido incluso en casos de recesión, lo que llevó a numerosas empresas a aguantar como zombis hasta que no pudieron más, tras lo que se produjo una fuerte explosión de despidos. En los últimos dos años, la tasa de desempleo se ha más que duplicado, de un 4.84% en 2014 a casi un 11% previsto para este año por el FMI, lo que pone aún más presión en las cuentas públicas.

Y aquí vuelve a entrar la política. La Constitución brasileña, enormemente detallista, blinda numerosas partidas de gasto público y garantiza la revalorización de muchos pagos de acuerdo a la inflación, mientras que el sistema político, con un Congreso ingobernable lleno de micropartidos, hace casi imposible la aprobación de nuevas medidas con algún coste político o la simplificación de las ya existentes. Según The Economist, las leyes que regulan los impuestos que soportan las empresas en Brasil son tan complejas -por ejemplo, el IVA funciona de forma distinta en cada estado- que estas tienen que dedicar 2,600 horas al año de media a completar formularios fiscales, frente a 356 en EEUU.

El Caso Petrobras, el telón de fondo delante del cual se representa el impeachment, ha revelado el segundo problema del complejo sistema político brasileño: la corrupción como única forma de "engrasar" la maquinaria parlamentaria cuando la entrega de ministerios no es suficiente para contentar a socios súper minoritarios con apenas un puñado de escaños. Los escándalos y procesos judiciales que salpican a políticos de todos los colores han destruido la confianza de los brasileños en el sistema.

La destitución de Rousseff es un momento clave, que puede usarse de dos formas distintas. La mandataria ha pedido en las últimas semanas la convocatoria de elecciones extraordinarias para elegir a su sustituto, y que, a ser posible, permitan renovar también las cámaras legislativas y expulsar a cientos de políticos manchados por delitos de todo tipo. Aunque legalmente la posibilidad no está contemplada, el Parlamento podría tomar la decisión e intentar reiniciar la legislatura con un Gobierno nuevo, limpio y con la legitimidad y el mandato popular de arreglar la crisis en la que vive el país, con el riesgo de que no llegue tan lejos como sería necesario por miedo al castigo popular.

Por el contrario, el presidente interino Temer ha prometido aprovechar el raro momento de unidad -todos contra Rousseff y el PT- para reformar la Constitución, limitar el gasto público y tomar medidas de apertura económica que ningún otro político se atrevería a proponer. Al fin y al cabo, la popularidad de Temer ya es muy baja y no tiene intención de presentarse a las urnas una vez terminado su mandato de emergencia, según ha indicado en los últimos meses. En ese caso, el presidente sustituto podría tragarse todo el coste político a cambio de convertirse en el "cirujano de hierro" que arregle los problemas del país para después irse, con una legitimidad impecablemente legal. Enfrente, Rousseff y el PT alegarán que todo es culpa de un "golpe de Estado" dirigido por "las élites y la derecha", lo que podría abocar a unos años de presión social permanente y, en el peor de los casos, a un boicoteo de las próximas elecciones y un rechazo a las reformas constitucionales realizadas por este Gobierno.

Así, Brasil llega a la votación decisiva con una disyuntiva: aprovechar la ocasión para tomar medidas contra la crisis económica u ofrecer una vía para cerrar la crisis social y política. Si Temer se convierte en el nuevo presidente de forma oficial y opta por un batallón de duras medidas de emergencia para arreglar lo primero -la economía-, se encontrará con que el segundo pie de la crisis -la calle- puede crecer y quedar fuera de control, salvo que se vean los efectos de las medidas a muy corto plazo. Brasil se está preparando para vivir dos años de vértigo.


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