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Elon Musk, un genio más allá de Internet

Carlos Bueno - 14:16 - 18/06/2015
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    Elon Musk, durante un evento celebrado en California | Reuters

    Si quiere cumplir un sueño, en lugar de buscar a un genio dentro de una lámpara, quizá sea más práctico ir pidiéndole la receta a Elon Musk. Este físico sudafricano (Pretoria, 1971) está llamado a convertirse en el nuevo todopoderoso empresario global surgido de la era Internet. Bueno, más que global, él preferiría que dijéramos interplanetario, pues entre sus ocurrencias o proyectos se encuentra, por ejemplo, conquistar Marte, o que tengamos que pagar mucho menos en la factura de electricidad...

    Su recién publicada biografía, Elon Musk: Tesla, SpaceX y la búsqueda de un futuro fantástico, se nos antoja la excusa perfecta para conocer mejor a una personalidad que está hecha de una pasta especial. El autor de este libro, el también sudafricano Ashlee Vance, lo describe como incansable trabajador, de esos que no paran hasta conseguir lo que se proponen. Su última diablura es el Hyperloop Transportation Technologies, la compañía que promoverá un sistema de transporte terrestre capaz de transportar a personas a 1.220 kilómetros por hora, velocidades propias de los aviones. Por lo pronto ya dispone de los terrenos donde probar sus cápsulas de transporte supersónico, siatuados junto a la autopista I-5, que une San Francisco con Los Ángeles, en California.

    Una mente prodigiosa

    Para valorar el alcance de este prodigio conviene conocer a un genio cuya actuación excede con creces el alcance de Internet. Musk había estudiado Física en Canadá y en Estados Unidos pero, como le ocurrió a otros tantos emprendedores de las puntocom, las aulas se le quedaron pequeñas muy pronto. Como no había tiempo que perder, en 1995 dejó Stanford para fundar su primera compañía, Zip2. Aquello era un alojador de sitos web de medios de comunicación que fue vendida sólo cuatro años más tarde por 300 millones de dólares. Como lo de comprarse una isla y vivir de las rentas no iba con él, pronto invirtió parte de ese dinero en otro proyecto: PayPal.

    La plataforma que permitía y garantizaba los pagos de forma fácil y segura a través de Internet, de la que llegó a tener el 11 por ciento de las acciones, fue el trampolín que le catapultó hacia otros negocios. Entonces fue cuando Silicon Valley se le quedó pequeño, muy pequeño. Fijaría su residencia en Los Angeles, pero seguiría visitando una vez por semana el hervidero de Internet. Sin embargo, su mente estaba ya en otros menesteres.

    En 2000, después de contraer la malaria durante unas vacaciones por Sudáfrica y Brasil, llegó al convencimiento de que el descanso era malo para la salud. Y así se marcó dos objetivos claros para mejorar el mundo: las energías renovables a través de su proyecto de fabricación de coches eléctricos (Tesla) y de paneles solares (SolarCity) y, por otro lado, la aventura espacial.

    En principio, intentó negociar con empresas aeroespaciales rusas como NPO Lavochkin o Kosmotras, que podían echarle un cable en el tema. Sin embargo, entre que no lo tomaban demasiado en serio y que aquellos encuentros en tierras moscovitas acababan regados en vodka, terminó por asumir que debería ser él el que construyera sus propios cohetes. Su idea era enviar a Marte ratones, que supuestamente volverían a la Tierra habiendo procreado durante el viaje. Para ello, no dudó en acercarse a la industria y a las sociedades científicas apadrinando iniciativas de la Mars Society primero y después otras como la Space Foundation, la Space Engineering Advisory Board de la Universidad de Stanford... En ellas sigue desarrollando buena parte de su labor como filántropo.

    En junio de 2002, tras las negociaciones fallidas con los rusos, se decide a fundar Space Exploration Technologies o SpaceX. Desde esta empresa se dedicó a captar talento de la Nasa y revolucionó la manera de trabajar de ingenieros y operarios: los puso a trabajar a todos juntos a pie de fábrica. Para las pruebas de lanzamiento utilizaban el desierto de Mojave primero; más tarde obtuvieron permiso para hacerlos en la base de Kwaj -una isla perdida en el Pacífico a casi 4.000 kilómetros al suroeste de Hawai-. Si lograba poner sus cohetes en órbita, las cifras prometían, pues Musk se había propuesto que SpaceX sería "más rápido, más barato y mejor que sus competidores".

    El objetivo era poder lanzar varios cohetes cada mes, ganar dinero con cada uno de ellos. El primer cohete de SpaceX se llamó Halcón 1, un guiño al Halcón milenario de la saga Star Wars. En momentos en que los costes de poner en órbita una carga útil de 550 libras costaba unos 30 millones de dólares, Musk prometió que el Halcón 1 sería capaz de llevar una carga de 1.400 libras por 6,9 millones. Después de muchos experimentos fallidos, justo cuando en 2009 ya había conseguido hacer volar un cohete con éxito y hasta recibir un encargo del Gobierno de Malasia para poner en órbita un satélite, la compañía se iba a la quiebra. Justo en ese momento, logró un contrato de la Nasa valorado en 1.600 millones de dólares para abastecer la Estación Espacial Internacional con sus transbordadores privados, los F9/Dragon. Por aquel entonces, SpaceX ya era capaz de fabricar sus propios motores, los cohetes y las cápsulas, pero también sus propias placas y circuitos, los sensores para detectar vibraciones, los sistemas de comunicaciones... y también los paneles solares.

    Precisamente el sol tendría también mucho que decir en sus otros proyectos empresariales. En 2006 había fundado SolarCity, con la que se propuso extender esta energía renovable y limpia a todos los hogares y de una forma asequible. Solo cinco años después, en 2011, ya estaba considerada la mayor empresa proveedora de sistemas de energía solar en Estados Unidos.

    En paralelo a esa aventura espacial, Musk se embarcó en otro proyecto no menos ambicioso: fabricar un coche eléctrico que de verdad fuera atractivo y autónomo. Enarbolando esa bandera de las energías limpias, desde Tesla Motors se empeñó en revolucionar la industria automovilística. Distintas firmas de inversión consideran que el valor de Tesla podría ascender hasta los 50.000 millones de dólares, situándola en el Top 100 de las compañías de EEUU. Pero lo mejor de todo lo dicho es que la historia de Musk solo acaba de empezar.


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