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Cómo gestionar discrepancias en el trabajo

Estrella Flores-Carretero - 16:17 - 27/05/2019
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    Foto: Archivo

    Discrepar en el trabajo es normal. No solo porque estamos obligados a relacionarnos con personas que, tal vez, no elegiríamos como amigos, sino también porque, a menudo, estamos sometidos a situaciones de estrés que nos hacen más propensos a la irritabilidad.

    El enfado es una emoción primaria que puede ser saludable en la medida en que nos protege contra un peligro e indica a los demás que no estamos dispuestos a conformarnos. Es decir, enfadarse es una forma de mostrar nuestra asertividad, de dejar claro que por ahí no vamos a pasar, de expresar el desacuerdo.

    Existen muchas formas de discrepar y solo una de hacerlo apropiadamente. Las corporaciones no deben ver los enfados como crisis, sino como situaciones para mejorar, respetar los derechos de todos y corregir los errores. Cuando los enfados se repiten o se enquistan en la empresa es necesario recurrir a mediadores externos que enseñen cómo gestionar estas situaciones, con el fin de que la productividad no se vea afectada.

    Todo el mundo tiene derecho a discrepar, tanto directivos como colaboradores, y es importante que todos sepan gestionar estas situaciones. En ningún ámbito de nuestra vida podemos estallar y cerrar la puerta a la solución, y menos en el mundo laboral, del que depende nuestra supervivencia y el éxito empresarial. Por eso es importante…

    Conocerse a uno mismo. El autoconocimiento de nuestras emociones es clave para detectar si un enfado está ocultando otro sentimiento de frustración, rabia acumulada, tristeza…

    Saber expresarse. Tener el valor para hablar con los demás antes de estallar, decirles lo que pensamos y sentimos puede prevenir muchos enfados. Esta habilidad debe entrenarse. Existen técnicas para abordar los conflictos, iniciar conversaciones, elegir el momento adecuado… que permiten aprender a hablar de forma constructiva, sin herir al otro, sin acumular agravios ni resentimientos que alimenten el propio enfado.

    Evitar la manipulación. No es ético enfadarse para conseguir nuestros propósitos. El enfado debe estar motivado y centrado en lo que sentimos como amenaza, pero no debe ser un instrumento para salirnos con la nuestra.

    Aprender a gestionar la ira. Si estamos demasiado alterados para hablar, hay que esperar. Gritar, dar golpes… no resuelve nada y solo daña nuestra imagen. Ante un acceso de cólera hay que apartarse del lugar y esperar a rebajar nuestra rabia. Luego, tras un análisis sereno, habrá que canalizar el enfado, expresarlo, valorar las consecuencias, sacar conclusiones y aprender.

    Perdonar. Un enfado no es el fin del mundo. Cualquiera lo tiene, incluso a veces conviene: como decía, José Bergamín, «en ciertos momentos, la única forma de tener razón es perdiéndola». Después de una discrepancia con enfado, siempre hay alguien que debe pedir disculpas, exponer razones y expresar el deseo de seguir avanzando. Las palabras ayudan. «Entiendo que te enfade la situación, pero no estuviste acertado en tu forma de decirlo», o «siento haber estallado, creo que había que haber buscado antes una solución».


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