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Un minuto bajo el agua

Ari Volovich - 18:33 - 6/02/2019
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  • Nuestra identidad es tan frágil como nuestras certezas. Nuestros valores tan peligrosos como la naftalina.

Foto: Archivo

El Estado hace del individuo una frontera, forjándolo con el tiempo a base de esquizofrénicos conceptos de identidad. Por eso es que los nacionalistas siempre muestran un dejo de limitación en su mirada, la cual me ha quitado el sueño en más de una ocasión, cuando mi otredad se ve agudizada por el sacapuntas de la cotidianeidad.

Se nos ha asignado una geografía para trazar nuestra silueta y poder señalar los síntomas de nuestra anatomía folclórica en lugar de nuestra propia psique; para explicar la magnífica complejidad de nuestro ser con números y gráficos que dibujan nuestras sonrisas descompuestas en las estadísticas anuales. Nuestra identidad es tan frágil como nuestras certezas. Nuestros valores tan peligrosos como la naftalina. Me gustaría ver los rostros inmortalizados de las estatuas marcados por la duda en vez de la convicción. ¿Qué mejor ejemplo a seguir? Las palomas abandonarían nuestros parques para siempre, los perros meditarían antes de esparcir sus desechos ante nuestros pies. Lo que es seguro es que los burócratas están ganando la batalla desde sus trincheras de plástico, formateando nuestro espíritu hasta incinerarlo en tinta.

Somos pocos los que pertenecemos a la resistencia de los desterrados. Los que nos hemos vuelto daltónicos frente al ondeo anacrónico de las banderas y a los desfiles militares, para quedarnos con el descontento y la inconformidad como símbolos únicos de una patria que reconocemos por las arritmias compartidas, por el insomnio uniformado que habita nuestras recámaras vacías. Vivimos en las salas de espera de los aeropuertos. Somos los exiliados stand by por excelencia. Nos reconocemos en las cafeterías y en los bares, sentados frente a espejos que multiplican la soledad en nuestras córneas cicatrizadas. ¡Ah!, la simpatía que siento por el mar: esa placenta aromática que marca el fin de la civilización, el fin del irremediable desborde humano. Llevo más de un minuto bajo el agua. Me encantaría quedarme aquí, al menos hasta que todo termine; pero el instinto de supervivencia desobedece mis intenciones forzándome a salir a la superficie, derrotado por mis propias fronteras.

Another clamato please, le pido al mesero.

-¿Qué?- contesta preguntando con un acento que irrita mi tímpano.

Malditos extranjeros, resoplo antes de volver a sumergirme.


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