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Saudade de la barbarie

Ari Volovich - 15:53 - 29/01/2019
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  • "Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos", advertía Emil Cioran

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Residentes de un asentamiento arrojan piedras a la policía durante un enfrentamiento en Tláhuac en 2005. Foto: Reuters

Hace poco menos de quince años, surcaba la autopista Puebla-México a bordo de mi viejo Nissan Sentra. Recuerdo con nitidez el sentimiento de incredulidad y sorpresa que se concentró en mi nuca mientras escuchaba la narración de los locutores acerca de un linchamiento de tres agentes policiales en las inmediaciones de Tláhuac. Mi primer instinto fue tallarme los tímpanos con la mente mientras algunos destellos de lava aparecían en mi retrovisor a causa de la actividad del Popocatépetl. Mi segunda reacción fue golpear la radio con mis dedos con la esperanza de destrabar una transmisión que supuse estaba atascada en algún siglo anterior a Cristo. Me asaltaron varias imágenes del medioevo combinadas con algunas rutinas de los Monty Python que se extendieron hasta la última caseta. Una vez que eché el freno de mano para afianzar los neumáticos en la ciudad, la noticia ya estaba en boca de todos. Muchos descartaban la gravedad de lo sucedido calificándolo como un acto aislado de violencia, sin siquiera reparar en este latente guiño sintomático propiciado por un Estado ausente.

"Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos", advertía Emil Cioran. Desgraciadamente, las palabras del rumano maldito han resonado en el contorno nacional desde entonces. Tan es así que añoro el linchamiento de Tláhuac, al menos en lo que respecta a las reacciones a escala ciudadana y mediática que desató aquel acontecimiento hasta entonces inusitado. Hoy en día, nos conmueve más ver a un caniche bailando al son del éxito en turno de Maluma que una docena de decapitados en nombre del dólar.

Cualquiera que haya coqueteado con una crisis de cualquier índole sabe que la negación es un mecanismo de autodefensa contraindicado para padecimientos de largo plazo.

Para enfatizar este punto, me veo obligado a recorrer más de doce mil kilómetros de distancia.

Me encontraba de vuelta en mi rancho (Ashdod, Israel). Había aceptado una invitación extendida por mis tíos para degustar a los mamíferos menos astutos de la cadena alimenticia en un asado nocturno en su jardín. La plática giraba principalmente en torno a la Champions League, mientras que las turbinas de los F16 se multiplicaban en el cielo seguidas de sonidos graves y opacos que llegaban desde la Franja de Gaza (ubicada a 23 kilómetros de distancia). Las ondas expansivas de las explosiones hacían vibrar las copas medio llenas -según el observador- de vino que descansaban sobre la mesa, sin que este fenómeno antinatural lograra interrumpir la plática.

- ¿No escuchan el bombardeo? - osé preguntar.

- Es el viento - respondió mi tía sin pestañear a la vez que me servía una segunda ración de babaganush y encarnaba en buena medida, la manera en la que la mayoría de los israelíes afrontan el tema de la ocupación.

Claro que en el caso de Israel y en este ejemplo en específico, quienes más sufren las secuelas negativas de la negación son los gazatíes, pero valdría la pena asumir que en la ecuación del panorama nacional mexicano, nosotros somos los palestinos.

@ari_volovich


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