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Polaroid de la atrocidad

Ari Volovich - 16:25 - 7/02/2020
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  • Después de todo, resulta mucho más fácil destruir que edificar

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Una niña palestina sobre la entrada de su casa en el campo de refugiados Al-Shati, en Gaza. Foto: Reuters

No me resulta difícil empatizar con los sobrevivientes del Holocausto quienes se aferraron al sionismo cual misión divina con el fin de hacerse de un pedazo de tierra soberano donde nunca más correrían el riesgo de ser exterminados por otro. No me cuesta trabajo calzar sus zapatos e incluso llenar las filas de esa generación que presenció el lado más oscuro del ser humano, tras haber sufrido un trauma irreparable y sin precedentes en la historia moderna (claro que sobraron atrocidades como el genocidio armenio y de los tutsis vs los hutus, entre otros). Me parece un motivo suficiente como para estimular una paranoia sustanciosa.

No me cabe duda, al menos en el ámbito teórico, que al igual que ellos, haría todo lo necesario para eliminar cualquier amenaza existencial inmediata: llámese los chambelanes del Mandato Británico o la población árabe local. Descargaría mi fusil sin titubear en nombre de la supervivencia.

El Holocausto vulneró una de las virtudes más sobresalientes del judaísmo: su capacidad de reflexionar desde las gradas del marginado

Lamentablemente, el precio a pagar fue altísimo. El Holocausto vulneró una de las virtudes más sobresalientes del judaísmo: su capacidad de reflexionar desde las gradas del marginado. El neo israelí sustituyó, por obvios motivos, el pensamiento por las armas; dejó la cualidad de errante para aferrarse a la agricultura, a la tierra, por la clara autosuficiencia que esto implica. El israelí de la posguerra no dependería de nadie; se desprendió de los rasgos más rescatables del judaísmo para forjarse en una persona fuerte, determinada y dispuesta a dar su vida por la causa sionista; un individuo perpendicularmente opuesto al judío europeo, quien representaba un aspecto despreciable dada su supuesta debilidad por permitir que lo guiaran cual ganado al matadero. Los puestos de periódicos en yidish eran vandalizados de modo sistemático, con el objetivo de erradicar ese idioma ya que figuraba como la lengua de los débiles judíos europeos. Se modificó y adaptó el hebreo bíblico para imponer una lengua que se adaptara a los nuevos tiempos y que englobara una ideología nacional.

La lógica indicaría que con las nuevas generaciones, la paranoia, el racismo y la xenofobia se irían aplacando de manera natural y gradual; que gracias a la distancia analítica que brinda el tiempo aprenderían las lecciones constructivas que dejó el Holocausto: volcarse a la tolerancia étnica y a una especie de humanismo ejemplar, por más pomposo que suene. Pero en el Medio Oriente la lógica labura de entrada por salida.

A pesar de lo dicho anteriormente, hubo un breve cambio de aires. En 1995 se podía vislumbrar por primera vez un acuerdo de paz satisfactorio para todas las partes involucradas en el conflicto, con el visto bueno de la comunidad internacional y algunos países pertenecientes al panarabismo. No obstante, Netanyahu se encargó de envenenar el momentum para lanzar una campaña por demás vulgar contra Isaac Rabín. Surtió efecto. Después de todo, resulta mucho más fácil destruir que edificar. El ambiente político se respiraba a duras penas dada su densidad divisoria. Un fanático religioso cuyo nombre no quiero recordar disparó su pistola contra Rabín durante una celebración por la paz y con él se esfumaron las esperanzas. Shimón Peres era un perdedor nato, y Ehud Barak no supo jugar las cartas que le heredaron. También habría que señalar la enorme migración rusa que llegó durante la Perestroika. Cualquier guiño izquierdista los remitía al comunismo leninista, por lo que terminaron aportando un puñado considerable de mandatos a favor de la causa derechista. También está el deleznable factor de los grupos religiosos políticos como SHAS et, al. que se fortalecieron de tal modo, que cualquier gobierno electo tenía y tiene que llegar a un acuerdo con ellos para formar una coalición mayoritaria en el Parlamento (KNESSET). Esto se traduce en demasiadas concesiones retrógradas y a la imposibilidad de separar la religión del Estado.

Paralelamente al zeitgeist fatalista de los noventa, el oportunismo maquiavélico del asesino intelectual de Isaac Rabín (Benjamín Netanyahu) le sirvió para tomar las riendas del país para convertirlo en lo que es hoy: un Estado bélico que perpetúa un genocidio a cuentagotas de la población palestina y su sometimiento absoluto.

El mayor obstáculo para la resolución del conflicto es la negación criminal de una enorme facción de la población israelí, aunado al hecho de que ignoran una certeza innegable: la Ocupación genera daños colaterales.

La paz se antoja remota, por no decir imposible. El cambio requiere de una educación de fondo. Desgraciadamente, la hasbará (la propaganda derechista) es el dogma imperante y las mentes receptivas y disidentes son tan escasas que representan una minoría ética.

@ari_volovich


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