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Un violador en tu camino: el reclamo que cobró vida propia

Ana Gabriela Jiménez Cubría - 11:18 - 6/01/2020
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  • Nadie se burla de lo irrelevante

Performance de Un violador en tu camino en el Zócalo de la Ciudad de México el 30 de noviembre de 2019. Foto: Archivo

Uno de los hechos más notables que nos dejó 2019 fue el performance Un violador en tu camino porque logró socializar una inconformidad con el status quo. Algunos dirán que se viralizó al grado en el que se banalizó su fuerza y valor original. Pero es precisamente en el hecho de que la canción y su coreografía estuvieran en boca de extraños y burlones en donde podemos ver su verdadero alcance, y percibir hasta qué improbable y remota resistencia ha llegado su longitud de onda, pues nadie se burla de lo irrelevante.

El feminismo tiene una cualidad global, pero en México, el país en el que el feminicidio es epidemia, el acento del reclamo por un alto a la violencia contra las mujeres le confiere una significación diferente.

Desplazar esa responsabilidad por el hecho violento de la víctima al victimario es, en sí, un valor.

El movimiento feminista no es nuevo en este país, pero las formas de manifestación sí son novedosas. A lo largo de este año hemos visto a mujeres muy jóvenes irrumpir en las calles con ira y hartazgo, pintando monumentos, quemando parabuses y rompiendo cristales. El tono de los reclamos es, en efecto, nuevo, y por ello han captado la atención de los medios y de las audiencias que no estaban acostumbradas a esta forma de protesta.

El performance lleva esta narrativa un paso más allá. Estas mismas mujeres que ya demostraron ser capaces de aprestarse para hacer ruido mediante el caos, son también capaces de organizarse al grado que pueden decir al mismo tiempo, en decenas de ciudades, con los mismos movimientos, lo mismo: "estamos hartas".

En Un violador en tu camino se combinan varios fenómenos de la contemporaneidad que participan de su éxito como producto cultural. Su letra sencilla, aunque cargada de emotividad, el que se trate de un producto performativo, lleno de símbolos en su coreografía y vestuario, el que, al interpretarse en grupo se presenta como un producto de inicio colectivo y se dirigido hacia a las masas, y que todas estas cualidades lo hacen ideal para viralizarse mediante redes sociales.

Interpretado por miles y visto por millones, Un violador en tu camino se insertó en la conversación, tanto a nivel de calle como en las tertulias mediáticas, las columnas políticas y las narrativas de los poderosos. Se convirtió, por tanto, en un tema de opinión pública, y como tal ha generado tanto empatía como rechazo.

Días después han surgido videos de jugadores de futbol imitando la coreografía de forma burlona, policías obligando a un grupo de detenidos a cantar la letra como forma de "humillación", canciones de reguetón en los antros. Estas son respuestas que denotan resistencias al mensaje original, incluso a la forma en la que fue articulado. Es usual que la parte antagónica a una postura se apropie del mensaje en cuestión para denostarlo. Otra reacción ha sido la condescendencia, el "así sí", versus las en apariencia caóticas manifestaciones de días anteriores. Ese visto bueno de una parte de la comentocracia es también un síntoma de que el mensaje ha sido recibido, y de con cuánto rigor se califica.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que el performance en cuestión constituye un momento en particular de una narrativa que está inmersa en un ciclo de opinión pública y como tal, esa narrativa tendrá más momentos de igual, mayor o menor visibilidad.

No podríamos hablar de Un violador en tu camino sin las protestas del 25 de noviembre, pero tampoco sin las manifestaciones pacíficas de años anteriores. Sin el trabajo de académicas, activistas y víctimas, que han sido las comunidades críticas sobre las que se ha levantado esta forma concreta de protesta.

A paso lento, pero firme, el trabajo de esas comunidades ha servido para lograr cambios culturales que hace veinte años eran impensables. El politólogo estadounidense Thomas R. Rochon dice que la creación de nuevos valores empieza con la generación de nuevas perspectivas entre pequeños grupos de pensadores críticos, gente cuyas experiencias, lecturas e interacción les ayuda a establecer unos valores culturales que están fuera de sintonía con la mayoría de la sociedad. Así, en un México mayoritariamente machista, el trabajo de estas performanceras feministas tiene un peso en la medida en la que han logrado insertar en la conversación pública el hecho de que en un sistema patriarcal como éste, casi cualquier hombre es un potencial violador. No es culpa ni de ellas, ni de dónde se encontraban, ni de cómo vestían. Desplazar esa responsabilidad por el hecho violento de la víctima al victimario es, en sí, un valor.

El éxito, en este caso, ha radicado en la visibilidad del producto cultural. Pero el éxito de del movimiento en su conjunto, al menos en lo que respecta a la violencia contra las mujeres, solo puede ser medido bajo la fría lupa de los números. El triunfalismo no tiene cabida en un país en el que siguen siendo asesinadas nueve mujeres al día, ni en el que asesinen a una sola.

Será necesario que las comunidades críticas encuentren nuevas armas para salir a luchar en la guerra de la narrativa pública en una sociedad que se alimenta de novedad y de inmediatez.


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