La trampa de dedos

Juan María Naveja Diebold - 15:18 - 5/12/2019
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    Todas las elecciones de mi vida han sido catalogadas como cruciales, momentos históricos importantes en los que las consecuencias de que gane la oposición supuestamente son mucho mayores que en cualquier otra contienda.

    Llevamos décadas escuchando ese sonsonete y la verdadera consecuencia es que cada vez más hemos estado dispuestos a aceptar posturas políticas inaceptables y coronar a personajes reprochables tanto en la izquierda como en la derecha.

    Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ¡Viva Andrés Manuel I! Es un bufón. Donald Trump también. Boris Johnson, Macron, Trudeau... La lista es exhaustiva.

    La masa electoral afuera de los fanáticos lo sabe, peor aún, lo lamenta. Es una pelea entre izquierda y derecha que se ha salido de control. Un desacuerdo que ha escalado de mañas electorales a una maraña indescifrable de mentiras, circo y teatro.

    Estoy convencido que los bloques representativos de ambas facciones quisieran retroceder esta guerra de armas, pero es una trampa de dedos china, mientras más haces por zafarte, más aprieta y ha resultado imposible que ambos lados aflojen al mismo tiempo.

    Esta vez quiero referirme a lo que ha hecho la derecha. Los conservadores encontraron dos armas después de la revolución laboral que condujo a la Primera Guerra Mundial: envolverse en la túnica blanca de valores religiosos y tradiciones nacionales y la promesa de justicia que trae el capitalismo.

    Ambas posturas son legítimas raíces del movimiento conservador y personalmente apetecibles carriles socioeconómicos, pero en el afán de capturar a los electorados, hemos estado dispuestos a corromper y tergiversar la materia fundamental detrás de estos pilares de la ideología.

    El principio del capitalismo es el derecho de las personas a invertir su capital y trabajo para recibir beneficios. Un paso más adelante, el capitalismo liberal que es el que supuestamente hemos adaptado, especifica que el gobierno tenga la mínima intervención para dejar que los mercados de capital y trabajo actúen libremente.

    Cuando los conservadores tratamos de convencer al electorado, lo hacemos con esta promesa, lo justo es que recibas beneficios proporcionales a tus sacrificios. Eso no significa que no deben haber impuestos, mucho menos que los impuestos deban ser menores para mayores capitales.

    No existe discusión entre conservadores que los impuestos deben estar atados al usufructo de sus beneficios, entonces, ¿por qué queremos que quien se enferma más pague más por su cuidado médico y quien usa más las carreteras no pague más por repararlas

    La respuesta es fácil, nos han comprado los grandes capitales. Nos han comprado para pagar menos impuestos, proteger sus monopolios y reinterpretar el dominio público como propiedad privada.

    La otra herramienta que hemos estado usando es la amenaza que los liberales van a usurpar nuestra forma de vida. Esto nos ha dado muy buen resultado, pero a un costo igual de alto.

    La promesa de decir "no vamos a cambiar" sólo atrae a casos perdidos y aunque son fieles y abundantes, también están en peligro de extinción por su misma incapacidad de adaptar y repelen a sectores del electorado que quizás quieren una representación conservadora, pero no están dispuestos a frenar el progreso humano para tenerla.


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