Muerte, compañera de la vida

Joaquín Leguina - 14:13 - 31/01/2017
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  • Pretendemos trascender a nuestra propia muerte creyéndonos inmortales

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muerte-mujer-getty.jpgFoto: Getty.

La muerte es un acontecimiento natural del cual la naturaleza nada sabe, pues el único ser vivo que tiene conciencia de muerte es el hombre. Sin embargo, aun sabiendo que es un momento por el que se ha de pasar, tendemos a exigirle a la muerte que se atenga a reglas racionales.

En primer lugar, a la más lógica de todas: yo no debo morir antes de que mueran mis padres, ni mis hijos antes que yo. Paradójicamente, la catástrofe mortífera nos desazona mucho más que el progresivo apagamiento de la luz y a la vez exigimos una muerte piadosa, aunque las mitologías, desde la Bíblica a la clásica, concibieron nuestros orígenes como violentos y fratricidas. Caín mató a Abel y Rómulo a Remo.

Aunque nuestras civilizaciones tengan su origen mítico en el asesinato, dentro de ellas hay otras tradiciones más amables y racionalistas. Así, la polis griega se entendía como el reino de la palabra. El Evangelio de San Juan señala que "en el principio fue el verbo".

Mucho más cercana en el tiempo, Hanna Arendt dejó escrito que "la violencia en sí misma no tiene capacidad para la palabra". La muerte, desde la óptica del filósofo de Éfeso, no debiera preocuparnos en exceso, pues "cuando ella esté, yo no estaré y, mientras yo esté, ella estará ausente", pero este pensamiento de Heráclito no sirve para consolarnos una miaja, aunque sí sea cierto que la muerte que nos golpea y desbarata es la muerte de "los otros" y no tanto la posibilidad de nuestra propia desaparición. Una desaparición que pretendemos trascender pensando que, de una u otra manera, somos inmortales.

Esa idea, sea o no una ilusión, se halla presente en el alma humana, que siempre aspira a permanecer entre los vivos, y es que la vida humana no se agota en el discurso racional. Independientemente de cuáles sean los lazos que existan entre pensamiento y razón, ambos se encuentran localizados junto a las pasiones y los sentimientos en el corazón humano. Un lugar oscuro al que nadie puede llegar.

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