La extraña muerte política de Marco Rubio

Víctor Ventura - 9:30 - 13/03/2016
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  • El senador hispano ha pasado de ser el elegido del aparato a luchar por su supervivencia.

marco-rubio-getty-635x300.jpgMarco Rubio, durante un mitin. Foto: Getty.

El verano pasado era una de las figuras a seguir de cerca, junto a los gobernadores Jeb Bush y Scott Walker. El 1 de febrero, tras conseguir un gran resultado en Iowa (tercero, a un punto de Trump y superando todas sus encuestas), era el favorito de las casas de apuestas. A finales de mes ya había conseguido el apoyo del aparato del partido y de líderes oficialistas de todo el país. Apenas han pasado un par de semanas de aquel momento y Marco Rubio se ha convertido en un político amortizado, sin ninguna esperanza de lograr la nominación y del que ya hay cientos de obituarios escritos esperando a que pierda en su casa, Florida, contra Donald Trump el próximo martes. Mientras todo el mundo miraba impaciente al magnate neoyorquino, la burbuja que ha estallado es la de Rubio.

Rubio, en cierto sentido, era el retrato robot del candidato perfecto. Es joven, un punto a favor frente a los demócratas Hillary Clinton (68 años) y Bernie Sanders (74). Es latino hispanohablante, una de las minorías de mayor crecimiento demográfico en EE.UU. y que necesitan ganarse los republicanos para tener opciones de victoria en el futuro. Es conservador y salido del Tea Party, una de las alas que más fuerza ha tomado en la base del partido, pero a la vez capaz de moderar su mensaje para hacerlo inclusivo y aceptable para los votantes de centro. En las encuestas, Rubio es el que más opciones tiene de ganar frente a cualquier candidato demócrata.

Por desgracia, este año los votantes no piensan en ese tipo de cosas. Quieren cosas distintas, como un hombre fuerte que ponga las cosas en su sitio (Trump) o un conservador de verdad que no se avergüence de defender sus principios (Cruz), ambos odiados por la dirección de un partido que sus propios votantes rechazan por "traidores". En este ambiente, y con un número exagerado de candidatos -12 se presentaron en Iowa, 4 sobreviven todavía-, Rubio se ha convertido en la segunda opción de todo el mundo y la primera de nadie.

Además, el joven hispano tiene una larga lista de problemas que le hacen vulnerable. Por ejemplo, su carrera como diputado estatal en Florida y como senador en Washington está llena de ausencias en debates y votaciones relevantes. Su hoja de servicios está casi vacía: en sus seis años de senador apenas ha impulsado una única ley de poco calado, lo que llevó a uno de sus defensores a quedarse en blanco cuando un periodista le preguntó "qué méritos había hecho Rubio" para merecer ser presidente. No solo eso, sino que, al estilo de Galileo, tuvo que retractarse de la medida que apoyó con más fuerza en su etapa en el Senado, la legalización de los inmigrantes irregulares, después de que el Tea Party la declarara anatema, un pecado que le recuerdan frecuentemente.

Pese a todo esto, Rubio era uno de los candidatos oficialistas con mejor imagen y mejor organización, lo que le permitió despuntar en Iowa. Gracias a ello, su burbuja creció apoyada por los medios y el aparato del partido, que llevaban meses esperando ver quién despuntaba para arroparle como su "salvador" contra Trump. Su plan era simple: lo llamaron "la estrategia 3-2-1". Consistía en enlazar su tercer puesto en Iowa con un segundo en New Hampshire, para ganar a Trump en Carolina del Sur, bastión oficialista, y lanzarse definitvamente hacia la Casa Blanca.

Pero su cuento de la lechera apenas duró cuatro días: Chris Christie se lanzó a degüello contra él en el debate de ese mismo fin de semana y le dejó en evidencia delante de todos los espectadores. Rubio se desplomó hasta el quinto puesto en New Hampshire, dejó con vida a sus rivales moderados (Bush, Kasich) y permitió que Trump abriera brecha. En Carolina del Sur acabó segundo, empatado con Cruz. Sus malos resultados no mejoraron en el "Supermartes", donde apenas ganó un estado (Minnesota) frente a 3 de Cruz y 7 de Trump. Una victoria en Puerto Rico -que ni siquiera tiene categoría de Estado y no vota en las generales- y otra en Washington DC -donde los votantes republicanos apenas representan un 4% de la población- es lo único que ha logrado desde entonces, mientras se estrellaba en Michigan y Misisipi, cuarto entre cuatro candidatos, por debajo del 10%, y superado por su rival en el bando moderado, John Kasich.

Rubio tiene una única esperanza: ganar en su casa, Florida, el estado que le eligió como senador hace seis años, escaño que abandonará en noviembre. Las señales, sin embargo, son pésimas. Trump ha liderado todas las encuestas realizadas en su estado desde julio de 2015, y la imagen de perdedor que el latino se ha granjeado en las últimas semanas no ayuda. Pero una victoria en Florida no supone nada: Rubio ha obtenido menos de la mitad de los delegados que debería tener a estas alturas para llegar a la mayoría absoluta (166 frente a un objetivo de 400), y debería poco menos que arrasar en todos y cada uno de los estados que quedan por votar, con mayorías aplastantes, para acercarse a la cifra mágica de 1.237, algo que parece completamente imposible a estas alturas.

Aun así, Rubio parece dispuesto a mantenerse en la carrera a corto plazo, aunque solo sea para molestar a Trump, dividir los votos e intentar que nadie obtenga mayoría absoluta para que la nominación se decida en una convención abierta, en la que podría apelar al apoyo del aparato republicano. No parece probable, sin embargo, que el partido se lance en manos de un candidato que ha fracasado en medio país salvo que algo cambie de forma radical. Y si pierde en Florida, su carrera habrá llegado al fin: fuera de la política en noviembre y rechazado por sus propios vecinos, no hay mucho más espacio para él dentro de este mundillo. Hace seis meses, el plan de Marco Rubio no se parecía en nada a esto.

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