Una convención abierta: ¿última esperanza republicana, o su peor pesadilla?

Víctor Ventura - 8:55 - 6/03/2016
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  • Si los líderes del partido intentan cambiar los resultados, se arriesgan a una crisis interna impredecible.

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convencion-republicana-2012-getty-635x300.jpgConvención Nacional Republicana de 2012. Foto: Getty.

Para conseguir la nominación del Partido Republicano en primera vuelta el día de su Convención Nacional, un candidato necesita 1.237 delegados. A estas alturas, el único con posibilidades reales de alcanzar esa cifra es el magnate Donald Trump, salvo que el senador Ted Cruz remonte de forma extraordinaria en los próximos 10 días. Sus rivales, sin embargo, continúan en la carrera con un sueño: que nadie llegue a ese número y así poder alargar la votación a una segunda o tercera vuelta en la que algún otro aspirante sea elegido en lugar de Trump. Una opción, la única que le queda a gente como John Kasich, que puede desencadenar una crisis de resultados imprevistos.

La posibilidad de que cualquier candidato gane una segunda vuelta se explica por las normas de selección de delegados que usan los republicanos. En principio, los representantes de cada estado están obligados a votar a uno u otro aspirante según los resultados que hayan obtenido en sus primarias locales, pero solo en la primera vuelta. Por supuesto, si alguien llega a la mayoría absoluta -1.237-, no habría más que decir. Pero si nadie la alcanza, en la segunda vuelta, los delegados son libres de votar a quien quieran. Y si todos los delegados se ponen de acuerdo en apoyar a un candidato que ni siquiera se hubiera presentado a las priamrias, ese sería el ganador.

La trampa está en que los nombres de los delegados dependen de las direcciones locales del partido. En 2012, por ejemplo, Mitt Romney ganó los "caucus" de Nevada, pero la dirección de Nevada envió a un grupo de delegados que apoyaban al diputado Ron Paul, que apenas obtuvo un 18% de los votos en el estado. En aquel momento, los delegados violaron la disciplina de voto y todos apoyaron a Paul en primera vuelta, por lo que fueron sancionados. Pero si la votación hubiera llegado a segunda vuelta, todos podrían haber dado sus votos a Paul sin violar norma alguna, pese a haber perdido las primarias de forma clara.

En este caso, y conocida la animadversión que el aparato del partido siente por Trump, no es descabellado pensar que la inmensa mayoría de los delegados elegidos a su nombre son, en realidad, aliados de otros candidatos que podrían apoyar a cualquiera menos a él si no consiguiera la mayoría absoluta.

Así, salvo Cruz, que es aún más odiado en las altas esferas partidistas que el propio Trump -el senador de Carolina del Sur Lindsey Graham comparó a ambos como "elegir entre tomar veneno o pegarse un tiro en la cabeza"-, los otros candidatos (Marco Rubio y Kasich), o incluso Mitt Romney, vencedor de las primarias en 2012, podrían aspirar a dar un "golpe de palacio" y arrebatar la victoria de entre los dedos del magnate en el último momento.

El riesgo, por supuesto, es el de destruir el partido. Si Trump logra una victoria rotunda -en estados ganados, votos recibidos o delegados en su casillero-, cualquier negociación "entre bambalinas" permitiría al neoyorquino a presentarse como una víctima de la malvada "banda de Washington" y llevar su candidatura a las generales de forma independiente, llevando consigo a más de un tercio de los militantes y dejando al candidato republicano en una situación de debilidad casi irreparable de cara a noviembre.

La otra amenaza es que el partido "ya no represente a los votantes. Representaría a alguien, pero no a los votantes", en palabras a la cadena MSNBC de Ben Ginsberg, abogado republicano y coordinador de su última convención, en 2012.

El antecedente más cercano es el del Partido Demócrata en 1968. En aquel momento, apenas una docena de estados realizaba primarias. El resto se limitaba a celebrar "caucus" cerrados, que en realidad eran reuniones de la directiva del partido en cada territorio para elegir a quién apoyarían sus representantes. Ese año, en medio de la guerra de Vietnam, y con el presidente Lyndon Johnson retirado, los votantes apoyaron a dos candidatos que se mostraban fuertemente en contra de mantener las tropas en Asia: Robert Kennedy, asesinado durante la campaña, y Eugene McCarthy. Sin embargo, los estados que dejaban al aparato controlar a sus delegados, la mayoría, eligieron al vicepresidente Hubert Humphrey, partidario de seguir en Vietnam.

Aquella convención acabó con disturbios que degeneraron en una guerra abierta entre 10.000 manifestantes y 23.000 policías y guardas estatales delante de las cámaras. Richard Nixon ganó las siguientes dos elecciones y dejó al partido demócrata sumido en una profunda crisis. Este año, los republcianos son los que llegan a la convención en medio de una grave división. La diferencia es que ahora es más difícil imponer las decisiones del aparato del partido a los votantes. La única solución posible es que Trump gane o pierda claramente. Para bien o para mal, el futuro del Partido Republicano está en sus manos.

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