Se acabó la fiesta: cómo Brasil llegó a su momento más delicado en décadas

Víctor Ventura - 5:24 - 6/03/2016
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  • La Constitución limita el margen de maniobra del Gobierno.

  • La división del Congreso dificulta tomar medidas de urgencia.

rousseff-a-oscuras-EFE.jpgDilma Rousseff. Foto: Efe.

Cuando Dilma Rousseff ganó las elecciones presidenciales de 2014, poco se imaginaba la crisis política, económica y social en la que caería el país en apenas un año. A pocos meses de inaugurar los Juegos Olímpicos de 2016, el gran evento que serviría de presentación del "nuevo Brasil" de cara al resto del mundo, lo que transmite el que fuera motor de Sudamérica es corrupción, recesión, conflicto social, guerras políticas diarias y la oportunidad perdida de un país que arruinó sus posibilidades de llegar a la primera división para retroceder a la segunda. La detención del expresidente Lula da Silva es solo el último clavo en el ataud.

En aquel mes de noviembre, después de su ajustada victoria sobre Aécio Neves, del PSDB, por tres puntos, Rousseff podía pensar que la parte más dura se había acabado: ya no tendría que seguir defendiendo su cargo, tenía vía libre hasta el final de la legislatura. Apenas pocos meses después, con su popularidad en un raquítico 10%, un proceso de impeachment abierto en el Congreso, un Parlamento ingobernable y una crisis que devora el país, la presidenta probablemente preferiría volver a pasar por unas elecciones a cambio de arreglar alguno de los frentes abiertos. Seguramente, los ciudadanos también querrían volver a las urnas.

La pregunta es quién se presentaría por el Partido de los Trabajadores (PT), ya que Lula, que se había postulado para suceder a su sucesora, se encuentra en una situación política delicadísima tras su detención unas horas el pasado viernes acusado, cómo no, de corrupción.

¿Qué ha salido mal? Las tensiones venían de antes: en 2013 ya se habían celebrado enormes protestas ante la amenaza de subida de precios en el transporte público, que se exacerbaron con la celebración de la Copa Confederaciones, la antesala del Mundial. La gran cita futbolística pareció calmar los ánimos el año siguiente, hasta que Alemania se encargó de destrozar uno de los grandes símbolos de la autoestima del país, su selección, con un histórico 1-7 en semifinales.

En marzo de 2014 se destapó el caso Lava Jato, en el que se investigan desvíos de miles de millones de dólares de la empresa estatal Petrobras, un escándalo que salpicaba de lleno a miembros destacados del PT y sus aliados del PMDB. Lo sorprendente es que volvieran a ganar las elecciones, un elogio extraordinario al diseño de su campaña electoral, centrado en el miedo a lo desconocido y a la pérdida de los avances económicos que han conseguido los pobres en los últimos años.

Pero no ha hecho falta un cambio de Gobierno para perder gran parte del avance que asombró al mundo. En 2014, pese a la inyección que supuso el Mundial, Brasil ya mostraba las primeras alarmas: la caída del precio de las materias primas le llevó a cerrar el año con un crecimiento del 0,1% del PIB. Aquello fue solo el preludio de un año brutal, 2015, que llevó a la economía del país a contraerse un 3,7%. Esta semana, los analistas presentaron sus previsiones para este año: una caída del 3,4%. Llueve sobre la inundación.

Uno de los grandes problemas que ha lastrado al país que debía representar el futuro iberoamericano era la excesiva fortaleza de su moneda, el real. Cuando un café en Brasilia cuesta más de 3 dólares, es una invitación a comprar productos extranjeros. Y así, la balanza de pagos del país ha pasado los últimos 5 años en un rojo profundo, incluso durante los buenos años de las materias primas y el petróleo. Para cuando el Gobierno ha intentado hacer algo, se ha encontrado con que una devaluación de su moneda ha provocado que la inflación se dispare hasta el 7%, un dato preocupante en un lugar en el que, hasta hace poco tiempo, había que cambiar los precios en los supermercados cada semana.

Y el problema es que los políticos apenas pueden hacer nada por mejorar los desequilibrios más allá de lo básico. Con unos gastos públicos enormes, blindados en un 90% por una Constitución de tamaño delirante que no deja margen de maniobra, Brasil tiene que elegir entre recortar todo lo demás o acumular un déficit -y una deuda- insostenibles a medio plazo. La otra opción sería aumentar impuestos, pero entonces habría que lograr algo casi imposible: poner de acuerdo a un Gobierno carbonizado con un Congreso lleno de micropartidos (22 grupos, el más grande con 88 diputados de 513) cuya prioridad es acabar con él.

Brasil necesita una fuerte reforma económica y política, pero el sistema actual hace casi imposible que ambas ocurran. La Constitución adoptada tras el fin de la última dictadura buscó poner tantos límites y garantías para evitar que volviera a ocurrir algo así que los Gobiernos posteriores están prácticamente limitados a aplicar lo que pone en ella. El blindaje de derechos que intentó hacer la Carta Magna ha acabado siendo una camisa de fuerza para el país.

El mayor país de Sudamérica se encuentra en medio de una encrucijada, y el que camino tome para salir de ella puede permitir que retome la senda de salida de la pobreza para millones de personas, u obligarle a que retroceda hasta el punto de partida. El margen de maniobra se acaba, y solo una reconciliación política por el bien del país puede traer una solución. La otra opción sería pulsar un botón de reset y probar desde cero, pero la vida real no suele tener de eso.

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