Guerra contra los mosquitos produce ganador impensable en Brasil

- 17:22 - 11/02/2016
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  • El Zika ha desatado alarma a nivel mundial, pero tiene un lado positivo para Roussef

  • La Organización Mundial de la Salud declaró la emergencia sanitaria internacional por el virus Zika

DilmaRousseff-Reuters_635.jpgFoto: Reuters

El Zika representa una rareza en Brasil: es una crisis que no se adjudica ampliamente al gobierno de Dilma Rousseff. Y una movilización contra los mosquitos podría incluso ayudar a la presidenta a salir de un agujero político.

En la ciudad de Limoeiro, en el noreste del país, los escándalos por corrupción y una recesión cada vez más grande han erosionado el apoyo al Partido de los Trabajadores de Rousseff. Sin embargo, esta ciudad del estado de Pernambuco también es el centro de la epidemia viral de Brasil. Glecya Aparecida Fernandes de Melo, una técnica del laboratorio local cuya familia entera enfermó, dice que en lugar de culpar a los políticos u organizar protestas, allí la gente se inscribe para participar en iniciativas gubernamentales destinadas a combatir la enfermedad.

"Debemos dejar a un lado esta pelea política y unirnos más en la campaña educativa, o de lo contrario este brote se agravará", dijo Fernandes. "El mosquito tiene que devolvernos nuestra ciudad".

El Zika ha desatado alarma a nivel mundial, pero tiene un lado positivo para Rousseff que está reclutando a soldados, estudiantes y empleados públicos de Brasil en un esfuerzo por frenar la pandemia. La presidenta entró en 2016 bajo la amenaza de juicio político por parte del Congreso, luego de un año de crisis política y económica que costó al país su calificación crediticia de grado de inversión. Su llamado a la unidad nacional en una emergencia de salud representa la posibilidad de cambiar el foco de atención, según Américo Freire, profesor de historia contemporánea en la Fundación Getulio Vargas en Río de Janeiro.

Crisis 'terrible'

"Rousseff está tratando de presentarse como la jefa de Estado", dijo Freire. "Esta terrible crisis de salud pública podría ser un elemento capaz de darle cierto apoyo político y moral".

La Organización Mundial de la Salud declaró la emergencia sanitaria internacional por el virus Zika, que se ha propagado en más de 20 países. En Brasil, se lo ha vinculado con alrededor de 4,000 casos sospechosos de microcefalia, una malformación congénita por la cual los niños nacen con cabezas anormalmente pequeñas y problemas de desarrollo.

Cuando las agencias internacionales elevaron el alerta, las opiniones brasileñas con respecto a la crisis comenzaron a cambiar, dijo Humberto Costa, líder del Partido de los Trabajadores en el Senado. Costa, ex ministro de salud bajo el gobierno del predecesor de Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva, es oriundo de Pernambuco y visitó Limoeiro en diciembre.

"Cuando la enfermedad apareció por primera vez, parecía algo limitado a Brasil, sólo en el noreste, sólo en Pernambuco y la tendencia era más bien acusar a las autoridades", dijo. "Ahora tiene una dimensión internacional. El mosquito no elige el gobierno local o federal".

Si bien las administraciones de Brasil, tanto a nivel regional como nacional, deberían hacerse responsables de medidas sanitarias que habrían controlado las poblaciones de mosquitos, el Zika no es una "única deficiencia en el sistema de salud de Brasil", dijo Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas.

Las autoridades no están totalmente exentas de culpa ?especialmente el actual ministro de Salud, Marcelo Castro, designado el año pasado como parte de un acuerdo para obtener el apoyo de su partido para una votación en el Congreso.

Cuando la conexión entre el Zika y la microcefalia comenzó a atraer más atención en noviembre, la respuesta aparentemente ocurrente de Castro ?"el sexo es para los aficionados, el embarazo es para profesionales"- enojó a muchos brasileños. Su confesión de que Brasil está "perdiendo gravemente" la guerra contra los mosquitos tampoco fue bien recibida ?considerando, sobre todo, que Río de Janeiro será sede de los Juegos Olímpicos en seis meses. Cualquier contratiempo para ese destacado evento sería un nuevo golpe para la economía brasileña en contracción y para el gobierno de Rousseff.

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