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Las doce lecciones que nos enseña el fiasco de Facebook

Antonio Lorenzo - 3:20 - 14/04/2018
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  • No basta con hacer lo suficiente en ciberseguridad

Mark Zuckerberg, compareciendo ante el Parlamento de EEUU. Foto: Archivo

FACEBOOK CL A

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No solo Facebook ha escarmentado con la fuga de datos que los últimos días ha sacudido los cimientos de su compañía, con daños reputacionales y bursátiles insólitos en su historia. Además, la crisis de la mayor red social del mundo arroja una docena de lecciones para los internautas más sensibilizados con la protección de datos, la privacidad y la ciberseguridad.

Lo que hasta el momento era un servicio digno de toda confianza, dejó de serlo en cuestión de horas. Así, una infografía realizada esta semana por Statista destacaba a Facebook como la empresa menos fiable del planeta en relación con los datos personales, con un porcentaje del 56%, frente al 5% de Google, el 3% de Uber y Twitter y el 2% de Snapchat, Apple y Amazon. En el mismo ranking aparecen Microsoft, Lyft y Tesla, de los que sólo una de cada cien personas desconfía. No es el caso de Netflix, que presume con una fiabilidad del 100% por de los encuestados por Survey Monkey entre los ciudadanos estadounidenses. Si el mismo sondeo se hubiera realizado hace un mes, la plataforma fundada de Zuckerberg apenas sería objeto de sospechas. Pero todo saltó por los aires cuando trascendió que la consultora Cambridge Analytica había tenido acceso a los datos de más de 80 millones de usuarios. Toda esa inmensa información, con la ayuda de las técnicas del Big Data, permitió a la candidatura presidencial de Donald Trump en 2016 crear perfiles de sus potenciales votantes y dirigirse a ellos con absoluta puntería. El resultado en las urnas ya es conocido.

1. El valor de pedir perdón. El arrepentimiento y propósito de enmienda del fundador y presidente ejecutivo de Facebook, escenificado ante las comisiones de Comercio y Justicia del Senado de los Estados Unidos, ha permitido a la puntocom sacudirse del escarnio y comenzar a superar el bache. Un par de frases bastan para poner colofón a las cuatro semanas más ominosas de su reciente historia. "Fue mi error y asumo toda mi responsabilidad, lo siento", dijo Zuckerberg y la acciones de su compañía comenzaron a repuntar. Los expertos en comunicación de crisis deberían tomar nota de la fuerza de un perdón debidamente entonado. La opinión pública suele ser mordaz cuando se intenta disimular la verdad, pero también desborda clemencia cuando percibe un arrepentimiento sincero.

2. Cuidado con los terceros. Una compañía es responsable de sus acciones, pero también de la de sus socios, colaboradores y proveedores. Todo forma parte de un conjunto, pero el rostro visible estará indefectiblemente condenado a convertirse en la cabeza de turco cuando las cosas vayan mal dadas. Por lo tanto, Facebook debe vigilar todas las aplicaciones que se nutren de su ecosistema para que ninguna se salte las normas. Para confirmar este compromiso, el gigante ha pedido ayuda a los usuarios para que delaten cualquier uso que consideren sospechoso. Además, para incentivar este objetivo, Facebook ofrece recompensas de 40.000 dólares (33.000 euros) para quien ayude a evitar nuevos casos como del de Oxford Analityca.

3. Usted es dueño de sus datos. Si para algo ha servido la crisis de Facebook es para que la sociedad tome conciencia de que el usuario es el legítimo y soberano dueño de sus datos. Basta con verse en la lista de personas afectadas para apresurarse a cerrar las puertas y ventanas online desde donde se escapa la privacidad para no incurrir en futuras veleidades. De la misma forma, las compañías que manejan datos también deberán evitar las fugas en sus plataformas online ya que se trata de su más valiosa materia prima. Por ejemplo, Telefónica, Deutsche Telekom y Orange promueven estos días una alianza para facilitar este derecho a sus clientes, dotándoles de la capacidad de portar esta información o incluso de ponerla en valor ante terceros.

4. Audite sus redes. Imagínese que usted no es un ciudadano más y que tiene una dimensión pública. No hace falta ser candidato electoral para auditar los datos que sobre uno circulan por las redes. Por lo pronto, los usuarios de Facebook pueden descargarse todos sus datos (configuración/descargar tu información) y cribar los comentarios enviados y recibidos. Para hacerlo en Twitter o Instagram hay que acudir al perfil y repasar todas las aportaciones.

5. Pondere sus palabras. Antes, ahora y después, cada cual es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Los que se reservan sus opiniones y no las comparten por las redes sociales, se ahorran el riesgo de fugas de privacidad. Como lección de futuro, los usuarios de Facebook o Twitter deberían releer varias veces cada nuevo comentario antes de compartirlo. Pensar en las consecuencias, no solo momentáneas, sino también futuras. También sería conveniente que cada internauta revisara su archivo histórico y eliminara lo que no esté dispuesto a defender de forma universal e intemporal.

6. Lo suficiente no basta. En materia de privacidad o seguridad nunca hay que conformarse con lo suficiente. Cualquier leve resquicio se convierte en una grieta que puede echar todo a perder. Zuckerberg reconoció a los senadores estadounidenses que su equipo "no hizo lo suficiente y eso fue un error enorme". "No es suficiente con conectar a la gente, tenemos que lograr que esa conexión sea positiva. No basta con darle voz a la gente, tenemos que asegurarnos de que no la usan para hacer daño a otros o difundir desinformación".

7. Vigile con quien se vincula. Probablemente haya alguien en el mundo que estudia los términos de uso cada vez que descarga una aplicación, pero aún no está confirmado. Se acepta alegremente lo que ponga antes de marcar la casilla de aceptar y ya está. No debería ocurrir lo mismo cuando se solicita la vinculación de la aplicación con Facebook o Twitter, generalmente para confirmar la identidad del usuario. Esos permisos podrían actuar en contra de los intereses de uno. Para evitarlo, resulta más conveniente hermanar la aplicación con una dirección de email creada exclusivamente para ese tipo de usos.

8. Desconfíe de los extraños. Nadie dejaría la puerta de su casa abierta y mucho menos dejaría entrar a cualquier intruso hasta la cocina. En el mundo online parece que se actúa de otra forma. La mayoría de las aplicaciones solicita permiso para acceder a la agenda de contactos, la galería de imágenes, la cámara o el micrófono. Y lo peor es que el usuario accede de forma despreocupada, sin perder un minuto en comprobar los permisos de uso que disfruta cada aplicación, incluida aquellas que solo se usan de forma ocasional.

9. Su contraseña es muy fácil. Sería curioso proponer que levantara la mano aquel que tenga como parte fundamental de su contraseña su fecha de nacimiento o de alguien muy cercano, pareja, hijos, hermanos. Otros eligen el nombre de allegados o el de su pueblo o su mascota. Cuando se pide que la contraseña incorpore un número, la mayoría apuesta por el 1, por el 0 o por el 1 y el 0. Cuando intentan sofisticar el password, se conforman con cambiar la letra i por el 1, o la letra O por el cero. Los que les piden un código, ponen la arroba o el asterisco. O la suma de todo lo anterior. Y sí, para conocer las fechas de los cumpleaños, nombres de familiares basta con acceder a las redes sociales y allí nutrirse de todos esos datos salpicados inocentemente entre comentarios y aficiones.

10. El dato es petróleo. Se ha juntado el hambre con las ganas de comer. Las empresas nunca han estado más interesadas en cultivar los datos personales de sus consumidores, y la gente nunca ha estado más dispuesta a poner su información en el escaparate público. La recopilación de información personal se está convirtiendo en una forma eficaz de ofrecer un servicio al cliente excepcional. Aquellos que comparten su ubicación en Waze, por ejemplo, pueden conocer en tiempo real dónde se encuentra el atasco en su ruta tradicional, para así intentar evitarlo. Pero también están desvelando públicamente sus andanzas con el coche.

11. Ojo con las 'apps' chivatas. Consulte de un vistazo las aplicaciones de su smartphone y comprobará que muchas de ellas recaban datos personales. No solo es el rastro en las búsquedas de Google, lo que comenta con sus amigos o conocidos (WhatsApp), lo que piensa (Twitter), de lo que presume y donde viaja (Facebook, Instagram), la música que le gusta (Spotify, Tidal) y la que te gustaría tener (Shazam), por donde se mueve (Maps y Waze), cuándo viaja en avión o en tren (PassWallet), los conciertos y espectáculos de los que disfruta (PassWallet), cuándo comparte el coche o moto (Car2Go, Emov, Zity, Muving, Bluemove, Respiro, Avancar) o en taxi (Cabify, Uber, MiTaxi), lo que compra (Amazon, El Corte Inglés online), cuándo llena el depósito (Cepsa Pay), su forma física (eHealth), el ritmo al que corre, los kilómetros que hace y las calorías que consume (Strava, Runstatic), lo que desayuna, come y cena (mi Nodieta), lo que vende y compra a sus vecinos (Wallapop), cuándo pasea por el campo (Wikiloc), los textos que traduce de otros idiomas (Translator, Deepl), dónde y cuándo aparca (ElParking), cuándo cena fuera de casa (ElTenedor), el vino que consume (Vivino), lo que le interesa escuchar a deshoras (iVoox), las series que le quitan horas de sueño (Netflix, HBO), hasta las pulsaciones en reposo y lo profundo que duerme (pulseras y bandas deportivas).

12. Casi nadie es anónimo. No espere a perder su teléfono móvil para descubrir lo que Google conoce de sus movimientos. La plataforma Android, propiedad de Google, le muestra pormenorizadamente en un mapa los sitios y la hora del día en los que ha estado encendido su terminal. Pruebe a hacerlo a través del sitio web Android.com/find. Asimismo, los operadores de telefonía móvil también disponen de estos datos incluso con la geolocalización apagada, ya que al conectarse con redes de telefonía o WiFi la teleco sabe dónde se encuentra el usuario y la estación base más cercana que le proporciona el servicio.

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