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La dependencia del comercio con China frena un castigo de Trump a Corea del Norte

Eva M. Millán (Londres) - 3:55 - 5/09/2017
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  • La economía de Estados Unidos sufriría si zanja los intercambios con China

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto: Reuters/Archivo

La hiperactividad de Donald Trump en Twitter ha puesto al presidente de Estados Unidos en un complicado conflicto de intereses, ante la más reciente escalada nuclear de Corea del Norte: decidir entre los intereses económicos norteamericanos y el liderazgo que esté dispuesto a ejercer en la esfera internacional, tras haber prometido un mandato de América primero.

Trump ha avisado en las redes sociales que sopesa interrumpir cualquier intercambio comercial con países que hagan negocios con Pyongyang, una alerta ciertamente efectiva desde una perspectiva de retórica política, pero de escaso alcance práctico. El factor que lo maniata tiene un solo nombre y un único origen: China. Detener cualquier actividad con el gigante asiático tendría desastrosas consecuencias para la economía de Estados Unidos e, inevitablemente, generaría un temblor estructural sobre el sistema global en su conjunto, el mismo del que la principal economía del planeta depende para subsistir.

Para empezar, Pekín es el principal socio comercial de Estados Unidos. Tan solo en materia de bienes, el pasado año adquirió a China el equivalente a más de 450.000 millones de dólares, mientras que sus exportaciones ascendieron a 115.000 millones, según datos de US Census. El radio de cobertura incluye el más amplio espectro de productos, desde componentes de automóvil, hasta fruta e, irremediablemente, los terminales de Apple, que la compañía tecnológica precisa en cantidades industriales, especialmente en la actualidad, a punto de lanzar su nuevo iPhone. Por ello, cercenar los intercambios entre ambos países se dejaría notar necesariamente en el mercado laboral norteamericano, que podría sufrir un millón de bajas en los sectores relacionados con los bienes y servicios que exportan al país asiático. Así, según Capital Economics, si Washington interrumpiese la compra de bienes procedentes de China, el movimiento le costaría un 3% al PIB del país.

En consecuencia, si tanto los expertos en seguridad como el propio círculo de Trump reconocen la improbabilidad de una campaña militar contra Corea del Norte, pese a la munición arrojada por el presidente en las redes, las acciones en materia comercial constituyen una carta más difícilmente aplicable incluso, cuando lo que está en juego es la sostenibilidad misma del modelo productivo de Estados Unidos.

La mera idea de un embargo como el sugerido por Trump generaría una incómoda, si es que no letal, oposición entre los republicanos en el Congreso, donde su partido ha apelado a una aproximación realista a un conflicto que apunta a convertirse para el presidente en un aprieto doméstico. La idea de cómo podría ganarse el apoyo a una medida con más que cuestionables réditos es difícil de concebir: el daño para la economía estadounidense sería automático, frente a los efectos sobre una potencial disuasión nuclear por parte de Corea del Norte, que está de todo menos clara.

De ahí que el secretario del Tesoro, Seve Mnuchin, haya anticipado ya las soluciones intermedias planteadas anteriormente, como sanciones contra los bancos de China que mantengan el grifo abierto a Corea del Norte, así como cortar las exportaciones de petróleo. El riesgo es que imponerlas podría afectar a los lazos con Pekín, pero Estados Unidos parece tener ahora a su favor el aparente cambio de tono de China, que no excluye la posibilidad de apoyar a la ONU en el embargo total de hidrocarburos a Pyongyang. De vetar las importaciones, como ya había planteado Washington, Trump ganaría un importante balón de oxígeno, puesto que vería reducido el dilema estructural de elegir entre su principal socio comercial y una acción diplomática de complicadas consecuencias. El obstáculo está en hasta qué punto el Gobierno de Xi Jinping está dispuesto a apretar las tuercas de un socio que recibe el 90% del comercio de China.

Reacción de Naciones Unidas

En este contexto, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, instaba ayer al Consejo de Seguridad a adoptar "las medidas más contundentes posibles" contra el régimen de Pyonyang, al que acusó de estar "pidiendo una guerra" tras el último ensayo nuclear, el más potente hasta la fecha. "Ya basta", proclamó Haley ante el órgano ejecutivo de Naciones Unidas, y aseguró que la posición que ha adoptado el Consejo desde el año 2006 no ha funcionado, por lo que llamó a adoptar otro enfoque que el Gobierno de Donald Trump no termina de concretar.

"A pesar de nuestros esfuerzos, el programa nuclear de Corea del Norte está más avanzado y es más peligroso que nunca", ha dicho la embajadora norteamericana durante el encuentro. Haley ha asegurado que el régimen de Kim Jong Un está "pidiendo una guerra" con sus constantes desafíos, aunque matizó que "la guerra no es algo que quiera EEE", aunque -apostilló- la paciencia no es ilimitada.

La delegación estadounidense distribuirá esta semana un borrador de resolución con vistas a votarla el próximo lunes, 11 de septiembre. Los dos tradicionales aliados de Corea del Norte en el Consejo, Rusia y China, cuyo voto es clave, también han condenado el último desafío norcoreano, pero han adoptado una postura más cauta que la de Estados Unidos y han abogado por el diálogo. Por su parte, el secretario general adjunto de la ONU para Asuntos Políticos, Jeffrey Feltman, instó a los países del Consejo a adoptar una "respuesta global" y recordó a Pyongyang que debe cumplir las obligaciones internacionales y respetar las resoluciones.

Expectativas europeas

Por su parte, la UE puso muchas expectativas en la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. Demanda una posición "firme" y "eficaz", al tiempo que recuerda que el bloque comunitario coordina siempre su actuación con las decisiones tomadas por la ONU.

El Ejecutivo comunitario ha señalado, en cualquier caso, que la Unión Europea ya ha impuesto sanciones autónomas al régimen de Pyongyang, así como que la posibilidad de imponer nuevas medidas propias además de las establecidas por la ONU es "una opción posible", aunque debe ser acordada por los ministros de los Veintiocho.

Con todo, la Alta Representante para la Política Exterior y la Seguridad Común de la Unión Europea, Federica Mogherini, exige al Gobierno de Kim Jong-Un que abandone de inmediato y de forma irreversible sus programas nuclear, de armas de destrucción masiva y de misiles balísticos.

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