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Trump desoye las lecciones de la historia y desafía al mundo con sus nuevos aranceles

Javier Collado - 10:50 - 9/03/2018
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  • Los aranceles al acero de Bush en 2002 destruyeron 200,000 empleos...

  • ... y los de Reagan en 1981 acabaron con 32,000 puestos de trabajo

  • Una guerra comercial mundial perjudicaría gravemente a Estados Unidos

Donald Trump, en un acto de campaña electoral. Foto: Reuters.

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Ni las amenazas de represalias de la Unión Europeay de China, ni las advertencias de la OMC y del FMI, ni la caída de las bolsas ni la oposición interna de su partido ni la dimisión de su principal consejero económico. Nada de esto ha detenido a Trump de imponer unos aranceles del 25% al acero y el 10% al aluminio siguiendo los consejos de su Departamento de Comercio y cumpliendo otra promesa electoral - y profundizando en las restricciones a las importaciones que inició en enero. Pero la historia reciente de Estados Unidos demuestra que las medidas de proteccionismo económico no han servido para reflotar los sectores protegidos, hacerlos más competitivos a nivel internacional ni generar - o incluso mantener - los empleos de los cientos de miles de trabajadores afectados.

Las reacciones a la decisión final no se han hecho esperar. La OMC ha recordado que es el organismo competente para resolver este tipo de disputas, aunque ha destacado el plazo de 15 días hasta la entrada en vigor de la medida como un tiempo para discutir y negociar exenciones, algo que hará Reino Unido, que ya ha anunciado que intentará quedar fuera de la medida arancelaria. La UE, por su parte, ha subrayado que espera ser tratada por la Casa Blanca como un bloque comercial. Pero, pase lo que pase, la tensión y la inestabilidad ya está creada.

La economía estadounidense, con Trump a la cabeza, se enfrenta a un mundo cada vez más globalizado donde Estados Unidos sigue perdiendo la inercia que le llevó a competirse en superpotencia tras la Segunda Guerra Mundial. El auge económico de China, el crecimiento de economías como la de India o la formación de bloques como la UE suponen una amenaza creciente para la antaño todopoderosa industria norteamericana. Pero el afán del magnate neoyorquino por levantar barreras, ya sean físicas o económicas, pone de manifiesto que no aprende de los errores de sus predecesores.

2002: Bush echa un pulso a la OMC

Entre 1997 y 2001, un total de 35 empresas que representaban un tercio de la capacidad de producción acerera de Estados Unidos se declaró en bancarrota. En lugar de promover subvenciones a la industria, como defendían algunos asesores económicos de la Casa Blanca, Bush anunció el 5 de marzo de 2002 la imposición de unos aranceles del 30% al acero, que entrarían en vigor quince días después, con la intención de revitalizar el sector. Sin embargo, eran mucho más limitados que los que ha propuesto Trump. En este caso, no afectaban a México o Canadá - Trump los mantendrá al margen en función de cómo avancen las negociaciones del TLCAN - ni a 80 países en desarrollo. Los más perjudicados eran Japón, Corea del Sur, China, Taiwan, Alemania y Brasil. Además, estaba previsto que el porcentaje del 30% bajara al 24% en 2003 y al 18% en 2004.

En aquel momento, la Unión Europea ya amenazó con responder imponiendo aranceles por valor de 2.200 millones de dólares en sectores que afectaban a industrias ubicadas en estados clave para mantener la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, como las naranjas de Florida. El objetivo era presionar a los políticos de Wisconsin, Pensilvania, Virginia Occidental y Florida para que promovieran un fin de los aranceles y mantener sus asientos en las elecciones de aquel noviembre. Aunque en aquella ocasión no funcionó, actualmente la UE vuelve a hacer lo mismo con aranceles al whiskey de Kentucky o a las motocicletas Harley Davidson fabricadas en Wisconsin, de donde es el líder republicano y presidente de la Cámara, Paul Ryan, quien no tardó en salir a criticar la iniciativa de Trump.

Por su parte, China acudió a la Organización Mundial de Comercio (OMC), donde denunció la medida proteccionista de Bush. La entidad resolvió el conflicto en noviembre de 2003, declarando que estos aranceles eran contrarios a la normativa de la Organización a la que Estados Unidos pertenecía, e instándoles a atenerse a cumplir las ordenanzas revocando los aranceles.

Sin embargo, pasado poco más de un año y medio de la aprobación de la medida, Bush puso punto y final a estos aranceles considerando que había vencido el pulso contra la OMC. "Tomé medidas para darle a la industria la oportunidad de ajustarse al aumento de las importaciones extranjeras y brindar alivio a los trabajadores y las comunidades que dependen del acero para su trabajo y sus medios de subsistencia. Estas medidas de salvaguardia ahora han logrado su propósito y, como resultado, de que las circunstancias económicas han cambiado, es hora de retirarlas".

En el mismo sentido, la Casa Blanca señalaba entonces que los aranceles habían logrado estabilizar los precios del acero, llevar las importaciones a su mínimo de los años previos y las exportaciones a niveles récords. Dejaban al margen otros factores de gran relevancia, como la depreciación del dolar (un 20% en ese periodo), la buena evolución de la economía del país o el hecho de que China comprara buena parte de aquellas exportaciones.

La producción de acero en Estados Unidos apenas repuntó con los aranceles vigentes. Fed de St. Louis..

Además, los comunicados de la Casa Blanca omitían los efectos negativos de los aranceles. La producción de acero en Estados Unidos había caído un 15% entre septiembre de 2002 y septiembre de 2003, según el Instituto Internacional para el Hierro y el Acero.

En el caso de los aranceles establecidos por Bush en 2002, un informe titulado The unintended consequences of U.S. Steel import tariffs: a quantification of the impact during 2002 (Las consecuencias no intencionadas de los aranceles a la importación del acero de Estados Unidos: una cuantificación del impacto durante 2002) apuntaba que 200,000 estadounidenses perdieron sus puestos de trabajo al incrementarse los precios del acero, lo que supuso una pérdida de salarios de unos 4,000 millones de dólares entre febrero y noviembre de 2002. Uno de cada cuatro empleos destruidos (50,000) fueron en sectores relacionados con la industria metalúrgica, y las pérdidas de empleos totales achacados a la subida de precios por los aranceles superó el número de contrataciones en la industria del acero.

En un estudio de 2005 de The World Economy se concluyó que "los costes de estas medidas de salvaguarda superaron a los beneficios en términos de PIB agregado y de empleo". Una de las causas es que la gran mayoría de empresas manufactureras que precisaban acero para sus operaciones eran pequeños negocios. El 98% de las 193,000 compañías consumidoras de acero empleaban a menos de 500 trabajadores, por lo que no tenían suficiente influencia en el mercado como para influir en la fijación de precios a sus clientes.

Pese a todo, los inversores parecieron acoger de buen grado tanto la imposición de aranceles a medio plazo - por proteger la industria - como el levantamiento de los mismos - al considerar que el sector se había reflotado. Si se toma como referencia el periodo comprendido entre el día previo al anuncio de los aranceles y el día anterior a su retirada, U.S. Steel creció un 55% y ArcelorMittal un 107%, mientras que Steel Dynamics lo hizo un 64% y Nuecor se quedó en el 12%. Las semanas siguientes a la retirada, las acciones siguieron disparándose. En ese mismo periodo, el S&P 500 se dejó casi un 14%.

Sin embargo, la implantación de aranceles no sentó bien a los inversores en el corto plazo. Rápidamente perdieron valor y un mes después del anuncio de Bush - 15 días después de su aplicación - ArcelorMittal perdía casí un 25% de su valor bursátil, Nuecor un 17%, Steel DYnamics un 15%, mientras que el selectivo se dejaba un 11%. La única grande que mejoraba el desempeño del S&P 500 era U.S. Steel, que perdía sólo un 9,5% en ese mes.

Evolución de distintos valores en bolsa durante el tiempo de aplicación de aranceles al acero. En amarillo, el S&P 500. Aparecen también U.S. Steel (azul oscuro), Nuecor (azul claro), Arcelor (verde) y Steel Dynamics(rojo).

"Hacer América grande de nuevo", ¿como Reagan?

Durante su campaña, Trump amenazó con imponer aranceles a China, comparándolo con lo que Ronald Reagan hizo con Japón. El eslogan de 'Hacer América grande de nuevo' es sólo una de las señas de identidad que el magnate quiso copiar del presidente republicano mejor valorado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y sin embargo dista mucho de ser el mejor ejemplo en lo que a comercio internacional se refiere.

Reagan es ampliamente considerado como un neoliberal, y en sus discursos defendía habitualmente el libre comercio. Sin embargo, desde el mismo inicio de su presidencia, Reagan achacó la decadencia del sector automovilístico estadounidense a Japón, proponiendo en un discurso en Detroit en 1981 que el gobierno debía "convencer a los japoneses de una u otra forma de que, por su propio interés, el diluvio de coches debe ralentizarse mientras nuestra industria vuelve a ponerse en pie".

De esta forma, Reagan forzó un acuerdo con Japón para que restringiera voluntariamente las exportaciones de automóviles a Estados Unidos en un 8% - o el porcentaje quedaría en manos de un Congreso deseoso de aplicar unilateralmente restricciones aún mayores. Las automovilísticas estadounidenses aprovecharon para sanear sus cuentas limitando su producción y subiendo los precios, por lo que la industria despidió a 32,000 trabajadores y la producción cayó en 300,000 unidades pese a que los beneficios para las compañías del sector se incrementaron en 8,900 millones de dólares, según un estudio de la Brookings Institution de 1987. Además, los japoneses empezaron a construir plantas de ensamblaje en Estados Unidos para evitar las cuotas: Honda, Nissan, Mazda o Toyota entre otras se asentaron en suelo norteamericano.

Pero no fue la única medida proteccionista de Reagan. Aplicando el Acta de Expansión Comercial de 1962 que da al presidente la autoridad de imponer restricciones comerciales sin contar con el Congreso en caso de que afectase al interés nacional, en 1982 impuso cuotas al azúcar importado, reduciéndose en un 41% las importaciones de la materia prima. El efecto conseguido fue que los consumidores finales pagaran más y, que fuera de sus fronteras, se frenase el crecimiento de los países de Latinoamérica cuyas economías estaban basadas en parte en la exportación de esta sustancia.

También implantó cuotas de importación textil sobre China y forzó acuerdos bilaterales muy restrictivos con Hong Kong, Corea del Sur y Taiwan, lo que costó a los americanos 20.000 millones de dólares al año, y llegó a imponer unos aranceles del 100% a los televisores y microchips japoneses por valor de 300 millones de dólares, lo que ocasionó que el sector de la computación de Estados Unidos tuviera una escasez de chips, fabricando peores ordenadores y siendo menos competitivos a nivel internacional.

En un movimiento menos unilateral que lo que ha anunciado Trump, Reagan pidió a 18 países que limitaran voluntariamente sus exportaciones al acero, e impuso aranceles y cuotas a algunos tipos especiales de acero. El proteccionismo en este caso llevó al sector acerero a quedarse desfasado con respecto a sus competidores de otros países, forzando al cierre de plantas y la pérdida de 52,000 empleos en el sector. La producción de acero en Estados Unidos pasó de 138 millones de toneladas en 1980 a 90 millones de toneladas en 1987. Además, tal y como puede pasar con las nuevas medidas del actual presidente, las industrias que precisaban del acero para sus productos optaron por probar otras aleaciones alternativas y más baratas, perjudicando a la industria acerera a largo plazo.

Un análisis publicado en The Wall Street Journal en 1982, el autor criticaba al secretario de Comercio de Reagan de "no comprender que, dado que las economías están destinadas a servir a los consumidores (no a las naciones, los gobiernos o los hombres de negocios), las importaciones son una bendición incondicional independientemente de las estadísticas de exportación". Todo apunta a que el secretario de Comercio de Trump, Wilbur Ross, tampoco aprende de sus predecesores.

Aranceles aprobados, ¿y ahora qué?

Aunque la historia invita a pensar que las medidas firmadas este jueves por Trump van a ser contraproducentes, con un presidente imprevisible sentado en el Despacho Oval todo es posible. Aunque los analistas señalan que se abre la veda para una guerra comercial en la que Estados Unidos puede ser el gran perdedor, el multimillonario neoyorquino ha afirmado que este tipo de conflictos son "buenos y fáciles de ganar".

Además, habrá que estar muy pendientes de los mercados. Aunque en su primer año en la presidencia la bolsa estadounidense se disparase, con sus principales índices marcando un récord tras otro, la corrección sufrida en febrero y el miedo a una rápida sucesión de subidas de tipos por el incremento de la inflación han puesto a la renta variable de Estados Unidos en tensión. Tanto en las bolsas como en la economía real, una guerra de aranceles puede acabar con los efectos positivos de la reforma fiscal que Trump logró aprobar en diciembre.

Finalmente, habrá que seguir de cerca las reclamaciones a la OMC. La UE ya amenazó con denunciar ambos aranceles ante el organismo internacional. Si Estados Unidos logra la victoria en esta instancia, posiblemente amparándose en que se trata de una decisión económica para salvaguardar la seguridad nacional, se abrirán las puertas a que el resto de países tomen medidas semejantes, alentando un auge del proteccionismo a nivel mundial. Pero si EEUU pierde la disputa, Trump podría abandonar el organismo, algo con lo que ya amenazó durante su campaña.

Quizá sólo una derrota en las elecciones legislativas de noviembre que devuelva la mayoría a los demócratas en ambas Cámaras pueda atar de pies y manos a Trump y mitigar los efectos perjudiciales que puedan ocasionar estos nuevos aranceles.

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